jueves, 25 de diciembre de 2008

EN 2009



sigamos caminando hacia nuestros deseos.
Un saludo especial a los lectores, amigos, docentes de los Talleres y miembros de la Comisión Directiva.
Otro saludo de agradecimiento a los voluntarios que atienden en sala durante todo el año:
Manuel, Lina, Nora y Verónica
y a Mabel, por el inventario y la catalogación de los libros.

SALA DE ESCRITURA


Concurso de cuento corto Babel
Mónica Sacco, escritora que vive en La Falda, es la autora de este cuento que recibió una mención del Jurado. Desde este blog se puede acceder a dos de sus policiales.

Lo hago por mamá

Buenas tardes, doctor, encantado de conocerlo. Soy vampiro. Ya sé, no es ninguna maravilla. Yo, que quiere que le diga, no le veo la gracia. Además, no es vampiro el que quiere sino al que le toca. Y por tocar, a uno le tocan montones de inconvenientes. No, no estoy hablando de la estaca de madera, los ataúdes con tierra y la cruz: esas son todas gansadas. Miren si me voy a asustar de dos palitos cruzados. Soy judío y la única cruz que me asusta es la svástica: esa sí que mete miedo a cualquiera, sea judío, goy o extraterrestre. Lo que pasa es que hay mucha mitología alrededor de los vampiros. Puros inventos. Míreme a mí: ¿usted se cree que tengo una vida fácil?
Para empezar tengo el problema de la comida. En épocas de escasez, cualquiera de mis colegas muerde cualquier cosa, por ejemplo, un chancho. Yo no puedo, imagínese, ¡chancho! Claro que hay otros a los que les va peor. Conocí a un budista que con esa milonga del Camino Medio del Buda y el respeto por la Naturaleza y sus animalitos, no puede clavarle el diente a nada que se mueva en cuatro patas, empezando por las vacas. Le digo que hay temporadas en que uno las pasa bravas, vea.
Las mujeres son otro problema. Eso de que Bela Lugosi las mira fijo un rato y las chicas se le regalan, es un cuento chino. Puro Hollywood. ¡Las veces que habré ligado un buen tortazo por quedarme mirando fijo a una señorita! No me quiero ni imaginar lo que hubiera pasado si le tiraba el tarascón.
Claro, yo no soy Bela Lugosi. Lo digo por la pinta, ¿vio? Porque ser vampiro no es garantía de buena facha. Tengo lindos ojos pero la nariz no me ayuda. Como nosotros nos quedamos en la edad en que nos vampirizaron, yo aparento veinticinco años desde, uh, bueno, nunca me había puesto a sacar la cuenta. Pucha que pasa el tiempo. Je. Qué lindo verbo: "El vampirizador que lo vampirice..." ¿Se acuerda? "El constantinopolizador de Constantinopla..:" No, no se acuerda. Bueno, todo bien. Es un trabalenguas viejo.
No vaya a creer que lo de vampirizar a alguien es cosa de una mordida y chau. No señor. Uno no va por la vida dando mordiscones a diestra y siniestra, y convirtiendo gente común en vampiros. Nada que ver. Tiene que darse la ocasión además de la necesidad. Por ejemplo, si uno tiene que comer, mire si se va a andar preocupando por hacer proselitismo. No: uno se alimenta y a otra cosa mariposa. Con ser cuidadoso y dejarlo bien sequito al sujeto - no me gusta decirle "víctima", me da no sé qué -, alcanza para que no haya "efectos secundarios", como dicen las contraindicaciones de los medicamentos. Tampoco es cuestión de agrandar el gremio porque sí, porque la competencia es muy dura y después empiezan los problemas: que la comida, que el lugar para vivir, que dónde se hacen las reuniones sociales. Y no, asado no comemos.
Lo que a mí más me preocupa es mi mamá. Mi cambio la afectó mucho. Que cómo voy a hacer con el trabajo, que salgo mucho de noche, que así no voy a conseguir una buena chica para darle nietos… Como será que todavía no me atrevía a explicarle que los vampiros no nos reproducimos a la manera tradicional. Quiero decir: papá, mamá, la semillita...Por ese lado, nada. Será por eso que trato de darle todos los gustos. La llevo de vacaciones. Vamos en auto o en tren, porque a mamá el avión le da miedo, así que vamos cerca, por lo general a Miramar, que es bien familiar. A mamá le gusta el mar. Claro, yo voy a la playa con anteojos negros, pantalones largos y remera de manga larga, y me la paso adentro de la carpa. Más de una vez me tengo que quedar en el departamento, porque con el sol no me llevo muy bien y me pierdo las cola-less, pero los días nublados, ¡me doy cada panzada de tangas! El año pasado me fui a Brasil. Aproveché que una vecina invitó a mamá al country y me fui en avión. No, los vampiros no volamos. Otro cuento del cine. Viajamos como cualquier cristiano. Lo de cristiano es un decir, no quise ofender a nadie. ¡Viera qué lindo Río! ¡Braaaaaziiiiiiiil, larí-larí-larí-la-la! ¡Que playas! ¡Qué garotas! ¡Qué travestis! Hay que tener mucho cuidado de no hincarle el diente a alguno por error. Yo no tengo nada contra los travestis, nada más lejos de mí, pero bueno, prefiero que me avisen. A mí me gustan las chicas. Siempre me gustaron, desde antes de ser vampiro.
Como le estaba contando, mi problema era encontrar alguna chica para presentarle a mamá. Valeria es una tipa macanuda pero no es del tipo "familiero". Todavía no sé cómo me dio bolilla. ¡Qué mujer, Valeria! Me dio vuelta, me volvió loco. Que una mina así se fije en uno... Pero mamá empezó a sospechar. ¡Viera lo mal que se puso! Que yo le mentía, que no andaba en nada bueno, que me veía cada vez más demacrado. La verdad es que la excusa de quedarme trabajando fuera de hora ya no daba más y mamá es muy intuitiva.
Yo le hablé a Vale, le dije que quería presentarle a mamá, pero ella me dijo que mamá tenía razón y que yo tenía que buscar una chica de mi misma educación. Que ella tenía que seguir su camino y yo el mío. Fue cuando me corté las venas, en casa de ella. Cuando Vale volvió del baño, me encontró medio muerto. No hubo tiempo para otra cosa y ella lo hizo para salvarme la vida. Me tuvo que morder. Ahí me enteré de que Vale era vampira. Tuvo que enseñarme unas cuantas cosas, por ejemplo lo de la comida.
Me contó del apellido: Messalina. Yo no lo podía creer. ¡Si los libros de Historia dicen que la liquidó la guardia pretoriana! Vale casi se muere de risa. Bueno, “se muere” es un decir. Ahí nomás sacó una espadita corta y se la incrustó en la panza, lo más tranquila. Le pregunté por la espadita, — "se dice gladio, zoncito", me dijo — y resultó que la guardaba en recuerdo del cornudo del marido. Le había tomado cariño al rengo, me dijo. Él no tenía la culpa de nada, eran esos libertos de porquería que le habían llenado la cabeza en contra de ella.
Disculpe, doctor, de nuevo me fui por las ramas. La verdad es que podía haberme conseguido alguna novia pero yo estaba encaprichado con Valeria. Pero no me arrepiento. Vale es una gran mujer y siempre está dispuesta a ayudarme. Como cuando se enfermó mamá. ¡Estuvo tan mal! Casi se me muere. Yo estaba desesperado y Vale me dio la solución. Yo le pedí a ella que me hiciera el favor, por eso de la experiencia, pero ella me dijo que a mi mamá no le iba a gustar porque ella es goy. Como siempre, tuvo razón. Así que yo vampiricé a mamá. Viera lo bien que está. Dice que lo único que le falta es verme casado y ver crecer a sus nietitos. Y Vale no quiere saber nada de nada con ese asunto. Dice que con chicos ella no se mete. No es ético vampirizar a un menor, me dijo, y a mí me parece que tiene razón. Pero mamá insiste tanto… Por eso lo vengo a ver, doctor. Hace ciento cincuenta años que mi mamá me viene rompiendo las pelotas con los nietos y yo quiero darle el gusto. Quiero informarme sobre ese asunto de la clonación. ¿A Ud. le parece que funcionará conmigo?

lunes, 15 de diciembre de 2008

SUGERENCIAS A LOS SOCIOS

¡LAS VACACIONES ESTÁN CADA VEZ MÁS CERCA!

Cerramos el 20-12-08 y reabrimos el 19-01-09
Invitamos a los socios que adeuden cuotas a ponerse al día antes de fin de año y a retirar hasta 4 libros para leer en enero, un mes ideal para leer, releer, leer a lo más chicos...

Este año recomendamos autores jóvenes argentinos y latinoamericanos:

Crímenes imperceptibles, novela de Guillermo Martínez

El tilo, novela de César Aira

Historia Argentina, Rodrigo Fresán - Argentina, 1963

Mamá, Jorge Fernández Díaz - Argentina, 1960

Historias ocultas de la Recoleta, María Rosa Lojo - Argentina, 1954

Kamchatka, novela de Marcelo Figueras - Argentina, 1962

Ültimas noticias del paraíso, novela de Clara Sánchez - México. 1955.

Relato de un cierto oriente y Dos Hermanos, novelas de Milton Hatoum - Brasil, 1952

Abril Rojo y pudor, novelas de Santiago Roncagliolo - Perú 1975

y muchísiiiimas Antologías de Cuentos y poesías para grandes y chicos.

¡¡¡¡Noticia de último momento!!!!!!!!! Llegaron
más libros de ficción, política, ciencias sociales y mucho para chicos y jóvenes.

¡A apurarse que se agotan!

SALA DE ESCRITURA

VIII Concurso de Cuento Corto Babel



www.mercadolibre.com.ar

El cuento de Luis Cattenazzi recibió una Mención del Jurado. Inspirado en el Eden Hotel, cuando su autor, en 2006, visitó La Falda para recibir un Primer Premio.
Sendero nocturno

Haggen se apura a cruzar las habitaciones de la planta alta en penumbras. Va abrigado pero descalzo, no quiere que el eco de sus pasos despierte a todos en el Hotel. Se supone que la gente viaja hasta aquí para curarse los pulmones, no está bien visto que alguien se escape a fumar.
Recién cuando alcanza la base de la escalera se calza los zapatos. Los siente tan fríos como el piso. Preferiría unas buenas botas, pero en su equipaje no hay más que zapatos de fiesta. Se lo merece por haber dejado que su madre preparara los baúles de viaje. ¡Como si a los quince le interesara más el vals que la aventura!
Por curiosidad se desvía al comedor vacío. Su imaginación se deja tentar por ese piso blanco de roble de Eslabonia. Quisiera patinar algunas vueltas entre todo ese lujo, las siluetas tétricas de las mesas con sus manteles pesados, sus arreglos de flores secas. Pero rechaza ese impulso infantil, ya no está para estas cosas, es casi un hombre.
Se agazapa como un gato y camina apretando su sombra contra la pared. En los bolsillos del saco le pesan el habano y el mechero. Le han costado su cigarrera entera con siete Garbáty rubios. Su compañero de cartas lo convenció enseguida de la conveniencia del trueque: un habano es la mejor compañía para una caminata por el bosque.
Se demora un rato en la cocina a oscuras. Teme golpear por accidente algún racimo de cuchillos o ganchos que cuelgan desde el techo. Su única referencia es el rectángulo de la puerta que da al patio trasero.
Afuera lo sorprende el brillo azul de la noche. Aún no subió la Luna, o no puede verla, pero las estrellas iluminan suficiente. Haggen cruza en diagonal rodeando la pequeña fuente del centro. No hay insomnes a la vista.
Salta la cancela de hierro fundido y rastrea el sendero hasta una columnata casual de eucaliptos que anteceden la oscuridad del bosque. En el juego de ramas secas del invierno y brotes de primavera apenas se cuela una mínima huella de luz. Avanza a ciegas hasta el próximo claro de estrellas.
Cuando pierde la silueta blanca del Hotel a sus espaldas decide que es momento de encender el habano. Debería usar fósforos, pero él prefiere los mecheros austriacos. La pequeña llama azul baila sin prisa entre sus dedos y el aroma del tabaco se mezcla con los vapores de la bencina. Da una pitada larga girando el puro, para que encienda parejo.
Haggen contempla ese tizón rojo que deshace hilos de fuego en espiral. El tiempo transcurre distinto en la combustión de hojas liadas a mano, un cataclismo en miniatura. Suelta el encendedor al fondo de su bolsillo y retoma el sendero.
Por un instante se desorienta, siente que camina por el corazón de la Selva Negra. En las sombras, Alemania y estos bosques de Argentina son uno solo. Han pasado ya tres semanas y aún no está seguro del verdadero motivo que lo trajo tan lejos de Berlín. En su cabeza se debaten los tres personajes:
VERA (divertida): Es tan obvio, hermano: ¡Padre y madre quieren que madures de una vez!
MYRNA (en una carta perfumada): Sólo quieren separarnos, amor mío, pero cuando vuelvas habremos de amarnos más aún. Siempre tuya.
PADRE y MADRE (cenando, severos): No lo veas como un hospital. Serán unas vacaciones lejos de la ciudad. Dicen que el aire allí es más puro y podrás recuperarte.
Puede que los tres tengan algo de razón. ¿Si no cómo explicar que en pleno invierno lo alejaran de sus estudios de piano y de la institutriz francesa? Es cierto que había tosido sangre una vez, en el crudo invierno de Berlín, pero no volvió a repetirse. Ni siquiera él se asustó entonces. ¿Cómo alguien de su edad podía enfermarse de muerte? Era ridículo.
Como sea, no puede quejarse, hasta el momento han sido realmente vacaciones, partidas de doppelkoft por la tarde, baños cada mañana, paseos hasta la Villa. Incluso ha hablado algunas veces con una fräulein de Babaria. Sus ojos le recuerdan a Myrna.
Si es cierto que Vera nunca se equivoca, seguramente le han hecho cruzar el Atlántico para que madure, para que vuelva dispuesto al estudio serio y al trabajo en las oficinas de padre. La idea le aprieta tanto como los zapatos de bailar vals.
El rumor de un arroyo se abre paso en los últimos metros del sendero. No lo descubre hasta casi mojarse los pies. Las piedras con moho no brillan y el agua rompe en torbellinos invisibles.
Haggen respira la noche liviana. Así la siente: liviana. Una brisa secreta susurra entre las ramas altas y el fresco es ideal para caminar. En el claro, las figuras del humo destacan más azul que la penumbra.
Decide avanzar un poco más, el habano se consume sereno. Oye el ulular perdido de un búho. La confianza va a durarle mientras no se extinga ese mínimo círculo de fuego, su compañía en las sombras.
El sendero se vuelve cenagoso pendiente arriba. Las suelas lisas lo hacen trastabillar, en el resbalón siente que el encendedor escapa del bolsillo y golpea metálico en alguna parte. Maldice la pérdida y se acomoda la ropa, ya afirmado contra un tronco viejo. Es hora de volver.
El tobillo le late en una contractura, pero no le molesta para caminar y pronto vuelve a encontrar el arroyo. Parado de este lado de la orilla ve que enfrente hay dos senderos. Uno, perpendicular al río, y el otro sesgado, pero más definido contra los arbustos. ¿Por cuál habrá venido?
Toma el sendero oblicuo que acompaña por unos pasos la ribera. En un descuido moja el pie del tobillo lastimado y vuelve a maldecir con el habano apretado entre los dientes. Trata de distraerse, de sonreír, pero sabe que no hace calor para transpirar tanto, que esta agitación que siente no es por el esfuerzo.
En los declives sucesivos va notando que el sendero no puede ser el mismo. Pero ya ha caminado un largo rato, es impensable volver al arroyo y retomar la senda correcta. Después de todo, mientras siga bajando, tarde o temprano llegará al casco del Hotel.
En algún momento el aire se ha vuelto húmedo y le cuesta llenar los pulmones. Un aliento helado se cuela por las mangas del saco y le trepa hasta el pecho. Siente el pie mojado como un lastre de hielo. Casi por instinto busca en el piso de los claros algún indicio de la escarcha, pero el paisaje es indiferente al frío.
Lo dobla un acceso de tos y un gusto metálico le empasta la garganta. Ya no vuelve a pitar lo poco que queda del habano, pero lo lleva erguido en su mano, como un talismán contra la noche.
Más adelante, el sendero vuelve a ascender, la curva es perceptible en el declive suave. El rodeo lo ha llevado a los terrenos bajos del jardín principal. El bosque se abre a una senda más ancha, un camino de carros. Él aprieta el paso por la huella paralela porque no muy lejos distingue la silueta espectral del Hotel.
Pero algo no coincide. Incluso en su mareo, Haggen advierte el pasto reseco, los canteros destruidos. Un poco más allá reconoce la fuente majestuosa con los leones del Imperio al acecho. No corre agua y el monumento ya no es blanco, se ha descascarado y muestra sus entrañas rotas de ladrillos.
Encuentra esos mismos augurios nefastos en la fachada oscurecida del Hotel, las columnas derruidas, la sombra arrasada del salón comedor ya sin lujos ni caireles, la recepción convertida en un esqueleto de alambres marchitos. Sin llegar a la ruina parece un edificio bombardeado o devorado por un fuego blanco. No, un bombardeo no: se lo nota abandonado a la desidia del tiempo.
A Haggen el horror le pesa en los pies, pero algo lo atrae al Hotel, lo impulsa a seguir. Un ángel de yeso lo mira desde un dintel, la penumbra le desfigura la beatitud en una sonrisa decrépita.
Oye voces viniendo de alguna parte, de adentro del Hotel, un murmullo sordo que puja desde el suelo. No escucha si son risas o lamentos, pero sabe que lo llaman.
En la noche liviana, más liviana que nunca, Haggen suelta el habano exhausto. Fascinado extiende su mano abierta y tantea ese nuevo material sutil del muro. Da un paso, dos. Se entrega al torrente rumbo al origen de las voces perdidas en el tiempo, desnudo del lastre de su cuerpo atraviesa el vapor irreal de las paredes.