sábado, 19 de diciembre de 2009

¡¡¡FELICES VACACIONES!!!

 

La BABEL cierra por vacaciones desde
el sábado 19 de diciembre hasta
el lunes 18 de enero de 2010
En enero
atenderemos sólo por las mañanas,
de 10:30 a 12:30
En febrero,
de 9:30 a 12:30

¡¡¡FELICES FIESTAS y
FELICES VACACIONES!!!

Siempre jugando
Siempre leyendo

miércoles, 16 de diciembre de 2009

CONSEJO DE LA CIUDAD DE LA FALDA



Las INSTITUCIONES que integran EL CONSEJO DE LA CIUDAD DE LA FALDA invitan a la FIESTA  a realizarse
 en la Plaza General San Martín de La Falda,
el sábado 20 a las 20:00.

           MÚSICA                   DANZAS                  COROS             

SE SUSPENDE POR MAL TIEMPO

IX CONCURSO DE CUENTO CORTO BABEL

MENCIÓN ESPECIAL

EL IVUNCHE
de Norberto Zuretti

Ciudad Autónoma de Buenos Aires


—Al tercer amanecer, antes de que aparezca el sol, tu amado Ay-sen abrirá los ojos, y estará otra vez contigo. Entonces, vendremos a buscar al niño.


Pilmayken no pudo quitarse de la cabeza estas frases durante tres días, tres interminables días en los que no sabía si estaba velando o resucitando a su hombre, sintiéndolo cruzar el río de las lágrimas escoltado por una ballena, aunque en el fondo de su corazón deseaba que él estuviera remando en contra de la corriente. Y esa última noche, se le repetían aquellas palabras en su mismo tono sentencioso mientras alimentaba las brasas debajo del caldero colgado de un trípode, ése que años atrás confeccionara Ay-sen con oscuras ramas de quila. La ruka estaba inundada del humo espeso proveniente de la mezcla barrosa que le dieran los brujos de la montaña. Invadía el recinto un olor ácido y penetrante, casi irrespirable, que se potenciaba con el titilante dorado de las llamas. Pilmayken no era capaz de pensar, nada más se aferraba a las palabras y se dirigía como un títere a revolver el caldo, incorporar ingredientes si se evaporaba demasiado, abrirá los ojos, pasar el barro a una fuente más pequeña, estará otra vez contigo, embadurnar el cuerpo inerte desde la cabeza hacia los pies, vendremos a buscar al niño. Después, se sentaba pacientemente a esperar, amamantar al bebé, los ojos, una hora esperar, contigo, y volver a repetir el ritual, al niño. Mientras, afuera el cercano mar tampoco podía dormir, nada más golpetear contra los escarpes para apaciguar su negra furia salada y reincidente. Ella no dejaba de vigilar el fogón, de nada serviría todo lo que estaba haciendo, si el preparado dejara de hervir. Ay-sen continuaba rígido sobre un lecho de estiércol de guanaco, tal como le habían indicado los brujos de la montaña, el cuerpo entero cubierto del barro que ella renovaba de a ratos, y que iba extrayendo del caldero con el tosco cucharón de madera. El bebé dormía en silencio en un rincón de la casucha, envuelto en la matra que ella misma tejiera durante su primer y reciente embarazo.


Cabeceaba Pilmayken cuando ladraron los perros. Como buena huilliche, no sintió miedo, todavía llevaba en su sangre la fuerza de los ancestros para sobrevivir en ese valle, pero tampoco fue capaz de reconocer en ese seco sonido, un ligero acceso de tos. Tan pronto callaron los animales ella supo de quién se trataba, imponían respeto hasta a los muertos. Mientras pensaba que era su pequeño Wenulef quien empezara a toser, descubrió los estremecimientos en los pies del marido. Y enseguida el breve temblor de las manos, y los hombros, las piernas. Hasta que sacudió la cabeza, y abrió los ojos, y siguió tosiendo.


No tardó Pilmayken en salir, con su Wenulef envuelto en la colorida colcha que le tejiera. Ahí nomás, donde los arrayanes, los pangue y los avellanos le dan comienzo al espeso bosque, los dos brujos la estaban esperando, envueltos en sus largas túnicas, blandiendo pulidos bastones de roble.


Sobre los picos más elevados de la cordillera, amenazaba el sol con una palidez difusa y cálida que iba aumentando. Desde el océano llegaba un viento helado que silbaba entre las hojas de los árboles. Pero ni las montañas ni el océano ni el viento conocían el precio que debía pagar Pilmayken por recuperar a su amado.


Los dos brujos llegan a la caverna cerca del mediodía. Milagrosamente, el niño aún duerme. Ñancupel, el más alto y con el cuello encorvado, deposita al crío desnudo sobre una piedra plana, en medio de un círculo de antorchas y lámparas de aceite. Pillancar, cuya apariencia tan anodina no permite reconocerlo ni como hombre ni como mujer, agrega troncos al fuego, y acomoda un caldero de barro sobre las brasas, luego, en un rincón de la cueva busca hasta encontrar una piedra con forma de cuchilla, muy fina y muy afilada, y la introduce entre los carbones encendidos.


El berrido de Wenulef quiebra el helado silencio. Ñancupel lo alza y le obliga a beber un brebaje oscuro, espeso, que parece sangre. El niño patalea y lo escupe y lo rechaza, pero Ñancupel le tapa la nariz y le obliga a tragarlo. Al rato, se duerme. Entonces, los dos brujos comienzan a lavarlo con el mismo brebaje, hasta dejarlo otra vez sobre la roca, totalmente embarrado en una crema rojiza. Mientras Ñancupel lo sostiene y le abre la boca, Pillancar trae la roca afilada, le estiran la lengua hacia afuera y le provocan un corte que la transforma en una lengua bífida, como la de las serpientes. Wenulef apenas se retuerce, aturdido por el menjunje que le obligaran a beber. Tampoco despierta cuando le parten la pierna a golpes de piedras, y se la giran contra la espalda, atándosela con tientos de cuero.


Más tarde lo lavan, le aplastan una pequeña lagartija en medio de la frente, y se la atan con una lonja de piel de víbora teñida de rojo, como si se tratara de una vincha, que además le estira la cabeza hacia atrás, lo que le será útil cuando crezca ya que al caminar agachado deberá ubicar su cabeza en esa posición. Después le embadurnan la espalda con el preparado que le hará crecer gruesos y largos pelos para protegerlo de los fríos de la montaña. Al lado de su improvisada cuna, en un mullido y espeso lecho de guano de murciélago, se encuentran las jarras con leche de gata, con que comenzarán a alimentarlo en cuanto despierte. Ya cuando le crezcan los dientes, le tocará probar la carne de cabrito y, más adelante, la carne humana.


Los dos brujos lo observan. Están contentos, el chico resultó fuerte, respondió bien al ritual, va a aprender rápido. Están orgullosos, llegará a ser un buen guardián, y podrán reemplazar al anterior, que ya tiene sus años, demasiadas mañas, y ahí en el fondo de la cueva titilan sus ojitos siniestros. Ñancupel le arroja una piedra. Los ojitos desaparecen.


Nunca sueña Pilmayken. O acaso ella no recuerda sus sueños, y entonces está segura de que no sueña. Pero ahora, este real y distinguible batir de alas de algún ave de gran tamaño que ronda el techado junto a esa especie de lamento de animal herido o llanto de mujer, no puede ser —a estas altas horas de la noche — otra cosa que un sueño. Hace un rato se ha ido Ay-sen a embarcarse para la jornada de pesca, aún falta para el amanecer. La Voladora, piensa enseguida Pilmayken, y ahora hasta le parece oír burlonas e histéricas carcajadas que ratifican sus presentimientos. Abre los ojos a una impiadosa oscuridad y, por un lado respira aliviada, no está soñando; pero por el otro, se asusta ante el batir de alas que aún se eleva sobre el persistente suspirar del Pacifico. Tal vez ella no debería haber dejado la fuente con el curanto que comieran la noche anterior, sobre el tronco caído de un arrayán. Quizás eso enojó a los brujos y entonces ahora le envían a la Voladora con su duam y quién sabe qué castigo. Ya se acostumbran sus ojos y las tinieblas se van despejando. Comprueba que su bebito duerme, y sale de la choza envuelta en un grueso camperón de lana. Como siempre, llovizna, un viento cortante sopla desde el mar, apenas se distingue el horizonte. Descubre un objeto apoyado sobre una pila de redes de pesca, que casi está desapareciendo absorbida por una profusión de helechos y musgos. Se acerca, no puede creerlo, tanto duda que hasta se resiste a acercarse un poco más. Y se le sacude todo el cuerpo cuando se atreve. Abraza la manta descolorida, sabe que es la misma, la que se fuera con el otro Wenulef casi siete años atrás. Conoce el significado de este vuelo nocturno y, de repente, se espanta. Da tres rápidas zancadas con toda la angustia arrollada en su garganta, y ya está dentro de la choza, huele el aroma dulce que proviene del fogón. Toma la antorcha, la acerca a las brasas para encenderla, y llega hasta la caja cubierta por el cuero de vicuña. Su nuevo Wenulef tiene los ojitos abiertos y de una sonrisa enorme le sobresalen las encías brillantes y una lengua juguetona. Lo recoge y lo alza, cobijándolo con la misma matra que acabaran de devolverle, y lo acomoda contra el pecho descubierto, donde el crío inmediatamente se prende al pezón y comienza a mamar. Entonces, vuelve a salir de la ruka, muy despacio ahora con su carga tan especial, y mira hacia el cielo, agradeciendo. La Voladora no le ha traído un mensaje de muerte. Una claridad ligeramente dorada está tiñendo las alturas de la Cordillera del Piuchén. Con el bebé aplastado al pecho, se dirige hacia el inicio del bosque donde, por primera vez la noche anterior, dejara el plato con la comida. Tal como supuso entonces, la escudilla ahora se encuentra vacía, totalmente limpia. Ella sabe que él le ha pasado la lengua después de acabar todos los picorocos, las cholgas, chapaleles y milcaos. Se agacha, y la creciente claridad le permite distinguir —una vez más, como en los últimos días— en la tierra húmeda, las extrañas huellas de tres patitas que rondaron la comida.

Del autor: "...en el camino obtuve premios en varios concursos, integré alguna antología y un par de revistas incorporaron relatos míos y notas periodísticas en sus publicaciones. Además, tengo terminada una novela que está a la espera de ser editada, seguramente, el año entrante".

jueves, 10 de diciembre de 2009

IX CONCURSO DE CUENTO CORTO BABEL

2º PREMIO


PAPEL DE ARMAR

Elio Bernabé Piñero
de Paraná- Entre Ríos


Cuando Charly tiene armados diecinueve cigarrillos de marihuana se le termina el papel de liar. Se sirve el último culito de una caja de vino blanco, bebe un largo trago, entrelaza las manos con las palmas hacia adelante y estira las muñecas, haciendo sonar las articulaciones entumecidas por el frío y la faena.


Cuenta su mercadería esparciéndola sobre la mesa, a razón de un peso por unidad, y llama a su mujer:


-¡Negra! ¿Podés venir?


Tirada en la cama de la habitación contigua, despatarrada entre frazadas raídas y almohadas viejas, Mariela sufre y goza mirando en la tele una libertina adaptación por entregas de El Conde de Montecristo. Los lugares más comunes del amor y la venganza se construyen y desconstruyen en cada capítulo; todo ocurre entre carilindos de moda y referencias demagógicas -algo tardías si se quiere- a la última dictadura militar. Malhumorada, displicente, asoma apenas el rostro aindiado –su melena azabache- entre la cortina que separa el único dormitorio del lugar donde está su concubino, un reducido ambiente –su techo de chapas- que concentra las funciones de cocina, comedor, sala de estar y lavadero.


-¿Sí?


-Diecinueve tengo, ¿vos qué decís?


-¿Por?


-Me quedé sin seda, no me di cuenta, si no alcanza puedo ir a comprar.


-Estás loco, con este frío.


-Digo por el evatest.


Ella está por responder que no importa, que da lo mismo hacérselo mañana, o pasado, o traspasado, pero suena a todo gas la espeluznante versión ringtone de la cumbia El bombón asesino.


-Es Cacho -dice Charly abriendo la tapita del teléfono.


-Cachito -le dice al micrófono del motorola, escucha unos instantes, afirma o interroga:


-Tiene que ser ahora... claro... sí... Todo bien, ya salgo para allá.


-Necesita faso -le informa a su mujer, que ya supone -te dejo éstos por si viene alguien.


-¿Vas a ir?


-Tengo que ir, es Cacho. Paso a comprar seda y le llevo.


Charly busca en el fondo su baqueteada bicicleta, Mariela le alcanza la campera y una gorra de lana negra, que él rechaza:


-Tiene mucho olor a mina.


-No seas boludo, te vas a quedar sin orejas.


-Bueno dame -acepta él, se la acomoda por encima de las mechas rubias, arroja un beso al aire, promete -en una hora estoy de vuelta.


-Traeme un chocolate –pide ella -si te acordás.



El aire escarchado, estático y punzante, le cauteriza la piel expuesta de los pómulos antes de llegar a la esquina. Emerge del barrio Pirola por uno de los pasillos que desembocan en la avenida Perette, sube hacia el centro buscando un kiosco abierto donde conseguir papel de armar


Después de comprar pedalea todas las cuadras de la calle Carbó hasta la avenida Ramírez, dobla a la derecha hasta Maciá y encara hacia los fondos del hipódromo, bajo la sombra espesa de enormes eucaliptos que atenúan la luz de las farolas, ennegreciendo aún más el asfalto desierto.


Detiene la bici delante de una puerta de chapa desteñida, que exhibe un agujero en lugar de mirilla y un cartel discreto, confeccionado con letras autoadhesivas: MAESTRO OSIRIS RAMA / VIDENCIA NATURAL / ARMONIZACIONES / DESTRABES. Golpea despacio los nudillos contra el metal y unos segundos más tarde el propio maestro abre la puerta, ataviado con su doméstica personalidad de Cacho: petiso cuarentón, entrado en kilos, piel cobriza y cabellos teñidos de cobre, que saluda con dicción amanerada.


-Charly, querido, ¿cómo estás?, pasá, pasá, entrá la bici, mirá que de noche en esta zona no te podés descuidar. Pero qué frío de mierda, dejate de joder. Disculpame que te haya hecho venir tan tarde, lo que pasa es que tuve un día terrible, una locura, no pude parar un solo minuto, y yo mañana viajo al interior, imaginate, a las siete tengo micro y vos sabés, me muero, a mí me puede faltar cualquier cosa menos el porrito...


-Tengo que armar –dice Charly cuando al fin puede decir.


-¿Cómo?


-Me quedé sin seda, pasé a comprar y me vine, así que tengo que armarte.


-Ah, sí, sí, por favor, que yo para eso soy tan, pero tan inútil. Bueno, en realidad, para muchas cosas... ¿Ustedes andan bien? A la Negra hace mucho que no la veo, y al Gordo tampoco, mi ángel.


-El Gordo está en Buenos Aires, por González Catán creo, en una granja o algo así para chicos medio retrasados. Lo mandaron del Consejo del Menor, para hacerle unos estudios, o un tratamiento, muy bien no sé.


-Pero ese chico tiene que estar con la madre por lo menos, pobrecito, ya que el padre no existe...


-Lo que pasa es que ese chico pesa ciento veinte kilos, ya no es un bebé, Cacho. Cuando se pone loco no hay forma de pararlo. ¿Te vas por los pueblitos, a hacerte rico? -pregunta Charly después de sacarse la campera y la gorra, mientras se sienta en un sofá con tapizado de cuerina despelechada y despliega sus cosas sobre una mesita ratona atestada de revistas viejas.


-Sí, claro, ja, ja, millonario... Te digo la verdad: me traigo unos pesitos, pero también tengo un par de amigos, qué te pensás...


-¿Tenés un cuchillo? Un tramontina, cualquiera...


-Ahora te busco. ¿Me pensás ensartar?


Con un tramontina de dientes gastados, ignorando la ironía o el eufemismo, Charly serrucha delgadas lonjas de un cubo de marihuana compactada y las introduce en su picador, un pequeño y útil artefacto circular semejante a un pastillero, algo como dos tapas plásticas con pinchos que encastran hacia adentro y giran en sentido contrario. Cuando sale la primera tanda de picadura arma un primer porro, lo enciende, aspira el humo con fruición exagerada y se lo pasa a Cacho, que fuma largamente, lo restituye y pregunta:


-¿La Negra, anda bien?


-Sí, bien, un poco rayada porque no le viene. El asunto, digo. Pero bien, dentro de todo -responde Charly, mientras arma mecánicamente -¿cuántos vas a querer?


-Haceme cuarenta, cincuenta, mientras no te acalambres los dedos, con eso ya tengo... ¿Tenés algo de ella?
-...


-De la Negra, algún pañuelo, cualquier cosa no metálica.


-No. La verdad que no.


-Yo para...


-Sí tengo -recuerda Charly, busca la gorra de lana y se la entrega a Cacho, que la toma, la huele, se levanta y dice:


-Esperame un minuto, vos seguí armando tranquilo que yo ya vengo.


Charly queda solo en el pequeño recibidor de la casa, devenido sala de espera en virtud del oficio de su ocupante. Las paredes están pintadas de rosa tenue o desteñido y frente a él, separada por una arcada de medio punto, puede ver la estrecha cocina-comedor y distinguir el rancio olor a sopa-crema de sobre y pis de gato que viene a entreverarse con el aroma dulce de la hierba recién fumada.


A la derecha dos puertas pintadas de lila recortan el plano rosa del muro. Una se abre hacia un pasillo que conduce al baño y al dormitorio. La otra, custodiada por un Cristo crucificado sobre el marco y un pedestal dorado que sostiene un ángel de yeso, conduce al recinto de trabajo donde Cacho, previsiblemente, se encuentra asumiendo la personalidad Osiris Rama.


Charly arma y arma sin descanso, con suma destreza y agilidad, formando series de a diez sobre la mesa ratona. Oye pasar un micro, acaso el último coche de la línea dos y después nada, apenas dialécticas series de ladridos, más y menos lejanos, que el oído agudizado por la droga percibe claramente.


Unos minutos más tarde Cacho lo sobresalta. El mismo Cacho de siempre, ningún indicio de trance o alteración.


-Necesito tu campera, ¿puedo?


-Para hacerme un gualicho, seguro... –responde Charly fingiendo un vago temor que en realidad tiene.


-No, mi amor, no te preocupes, es solamente para que te enamores de mí.



Cuando está por completar la quinta serie Cacho cruza hasta la cocina y dice al cruzar:


-Yo voy a tomar un gancia con jugo de naranja, ¿vos querés uno?


-Bueno. Dale. Para matar un poco el frío...


Prepara dos vasos llenos hasta el tope de un brebaje turbio, visiblemente empalagoso, le alcanza uno a Charly y levanta el suyo, a modo de brindis:


-Por el ángel que está por venir.


Charly lo mira azorado, estupefacto, y entonces sí, el maestro Osiris Rama toma la palabra:


-Te quiero decir una cosa, algo que siempre digo y que tal vez ya escuchaste: eso que llamamos destino existe pero no es rígido, inamovible, como piensan muchos. La mejor imagen para entenderlo es la de un carro, digamos un carro tirado por caballos. Vos estás ahí arriba, sentado piola, mirando el paisaje, y mientras tanto los caballos van para donde ellos quieren. Pero no hay nada que te impida manejar ese carro, tomar la rienda como quien dice, y llevarlo para el lado que vos elijas. La cuestión es estar convencido, tomar la decisión, y actuar en consecuencia. Vos pasá por la farmacia cuando vuelvas y comprá uno de esos test de embarazo para confirmar. Pero ya te digo que vas a ser papá, papá de una nena, te lo puedo asegurar ahora.


Un relámpago de incertidumbre, un espasmo de pánico, una tenue brisa de bienaventuranza barren el cerebro de Charly, sumando confusión a la confusión preexistente.


-No sé qué decirte. La verdad, no sé qué decirte...


-Tampoco tenés que decirme nada, corazón. Lo que tenés que hacer es cuidar a Mariela y estar, sobre todo estar, no borrarse, como el otro sorete. Te lo habrá contado mil veces: cuando quedó embarazada del Gordo era una pendeja que andaba en cualquiera, y nunca pudo superar la culpa que ella dice tener. Es como una cicatriz, una marca permanente en su vida. En fin, querido Charly, ahora la historia puede ser diferente, para ella y para vos, porque...


-Lo que no entiendo muy bien es lo del carro...


-Ah, bueno, lo del carro. Yo no sé si vos creés o no en esto que yo hago, pero es como un don que Dios me dio, o que traigo de otra vida, o las dos cosas, y yo pienso que es también una responsabilidad muy grande. No sé bien cómo funciona y la verdad, lo poco que entiendo es... difícil de explicar con palabras, como todo lo que pasa a nivel sensitivo.


-Claro... -murmura Charly, mientras Cacho se enjuaga la boca con el brebaje glucosado.


-A ver. Yo agarro tu campera, la pongo arriba de mi mesa, la huelo, cierro los ojos y me voy poniendo en blanco, hasta que me viene algo, una sensación, una palabra, una imagen mental: estás preso. Después siguen otras, como revueltas: me pregunto por ejemplo si vas a amar a esa hija y siento claramente que sí, aunque no puedo saber hasta qué punto estoy contaminado porque te conozco bastante, y es difícil separar. Es así: yo sólo puedo transmitir una interpretación de la señal. Si te digo que estás preso es como una alarma, pero no significa que tiene que pasar sí o sí. Quiero decir: si yo presiento que te vas a matar en bici esta noche, te digo que te quedes en casa, te convenzo de algún modo para que no te vayas, y es una forma de subirte al carro, frenar los caballos hasta mañana. Y mañana te podés matar igual, por supuesto, a veces el destino es tan fuerte que no se lo puede esquivar. Cuando intuyo algo así, te juro, me doy cuenta porque me duelen los huesos, me agarra como un dolor de huevos pero en los huesos. Es algo que no le deseo a nadie pero no es el caso...


Abatido, drogado, aturdido por la inusual manera de acceder a la certeza, Charly no puede asimilar por completo la vieja metáfora del destino como un carro. Igual no insiste, porque teme desnudar su incapacidad. En la nebulosa mental emerge un vago recuerdo, un aforismo, una frase leída o escuchada en alguna parte: mejor quedarse callado y parecer tonto que hablar y confirmarlo. Se calza la gorra y la campera, introduce sus cosas en los bolsillos, devuelve el tramontina de dientes gastados.


-Ahí tenés cincuenta –señala la mesita y hace bailar los dedos a la altura del rostro -ningún calambre.


Cuando Cacho le paga con un billete de cien y él responde que no tiene cincuenta pesos para darle cambio, al fin se hace la luz.


-No, no. No quiero que me des el vuelto, es un regalo para ustedes. Y perdoname que me meta, pero yo en tu lugar compraría un buen vino para festejar y pañales, bolsas de pañales, que es el gasto más pesado cuando son chiquitos. No sé si quedó muy claro: yo no te voy a comprar más faso. Es una gran tragedia para mí porque confío en vos, en lo que vendés, pero no puedo ser cómplice de algo que ya sé cómo puede terminar.


-No. Sí. Claro. Más bien. Es... obvio... -dice pero no dice Charly, ya montado en la bicicleta, casi en actitud de fuga.


-Pero yo voy a seguir siendo amigo de ustedes: ahora vamos a ver si me aguantan como amigo tanto como cliente. Y ya te digo: me postulo para padrino. Y otra cosa, si decidís, digamos... cambiar de trabajo, háblame, por favor. Yo conozco mucha gente, y viste que el Hugo, mi hermano, el que tiene la panadería, dos por tres necesita empleados. Quien te dice, por ahí aprendés el oficio y más adelante...


-Bueno. Gracias. Gracias por todo -se despide Charly con la vista clavada en el asfalto.


El Maestro devuelve el saludo, termina de iluminar:


-Dale un abrazo a la Negra, de mi parte. Y no te olvides de llevarle un chocolate.



Presiona con fuerza el pedal derecho y un segundo después está al otro lado de la calle, rodando cuesta abajo por Maciá hasta Ramírez. Unas pocas putas de jamones curtidos gastan la vereda, sus propias botas y algunas calorías -pero esta noche, para ellas, el tiempo no es dinero.


Dobla por Echagüe hacia el centro, buscando otra vez un kiosco abierto. Pedalea hasta la plaza de Mayo, la principal de la ciudad, se apea en un drugstore que además de exhibir una completa bodega de vinos, queda exactamente al lado de la farmacia Moderna, que atiende las veinticuatro horas.


No recuerda haber dicho nada acerca del chocolate. Está casi seguro de no haber hablado del chocolate por una sencilla razón: ni él mismo se acordaba del maldito chocolate. Gracias a Cacho, ahora sí que lo recuerda. Pide una tableta de águila semiamargo, una botella de colón malbec, un atado de marlboro, paga, guarda el cambio de los cien y arrastra la bici hasta la farmacia, donde lo atienden por una pequeña ventanilla de la puerta principal.


Después baja por Italia, contramano y solo, para desembocar justo en la cortada Isidoro Rossi, la entrada principal al barrio Pirola.


A poco de cumplir los treinta años, Charly encuentra el fin de su infinita adolescencia mientras surca los pasillos de tierra endurecida hasta la casa donde espera su mujer, cuatro años mayor que él, y dentro de ella un embrión de seis semanas cuyo nombre -femenino- ya ha sido nebulosamente conjeturado.


-Regalos –dice y ríe cuando llega, ofreciendo la bolsa que lleva colgada del manubrio.


Mariela supone que él está bastante fumado y también ríe, sólo por seguirle la corriente. Toma la bolsa, sumerge la mirada dentro de ella, comienza a sacar cosas. Celebra el vino y el chocolate, la sonrisa comienza a esfumarse cuando reconoce la caja del evatest.


Después, simultáneamente, llora y vuelve a reír, tiembla un poco y balbucea algo, mientras saca dos paquetes de pañales descartables, tamaño recién nacido.

SALA DE LECTURA

BABEL cierra por vacaciones
 desde el 19 de diciembre de 2009 al 18 de enero de 2010.
Y como todos los años, los socios que tengan al día el pago de las cuotas del año 2009 pueden retirar 4 libros para leer durante el verano.
Horario de atención al público en enero: sólo por las mañanas, de 10:30 a 12:30

sábado, 5 de diciembre de 2009

CONSEJO DE LA CIUDAD DE LA FALDA

DEFENSOR DEL VECINO
INVITACION

Las organizaciones miembros del Consejo de la Ciudad de La Falda invitan al :

FORO SOBRE DEFENSORIA DEL VECINO

Organización Institucional y Legislación

Funciones y alcances del Defensor del Vecino

El encuentro se realizará el 8 de diciembre de 2009 a las 20:30, en el Salón del Automóvil Club Argentino de la ciudad de La Falda.

Foro enmarcado dentro de las actividades de difusión, esclarecimiento y debate sobre el Defensor del Vecino de la Ciudad y el Fortalecimiento Institucional que el Consejo de la Ciudad se ha propuesto desarrollar.

Disertarán:
Dr. Jorge Orgaz, Constitucionalista
Dr. Andrés Varizat, Defensoría del Vecino de Río Cuarto
Dr. Ricardo Muñoz (h), Defensoría del Vecino de Río Cuarto

La Biblioteca Popular Babel integra el Consejo de la Ciudad de La Falda como una oportunidad de ejercer el derecho a la democracia participativa.

IX CONCURSO DE CUENTO CORTO BABEL

1º PREMIO
Los que no tienen adonde ir
de Valeria Zurano

Para Ale, por haberse equivocado tanto.

A veces los viajes no son lo que parecen. Son estáticos y reiterativos. Son caminos que pueden reducirse a las líneas dibujadas en las palmas de las manos y, que por ese mismo motivo, sus destinos no son exactos, son complejidades que se pierden en un mundo difuso.

Nunca llegábamos al río que se reflejaba en el asfalto. Los neumáticos del auto parecían derretirse. La desolación quemaba. El calor nos aturdía. Los tapizados se incrustaban en la piel. Y la ventanilla del Fiat 1500 que no bajaba. Realicé extrañas contorsiones para aprovechar el viento que como un leve soplido entraba por el ventilete. Cerré los ojos: pensé en un ventilador, en un vaso de agua con hielo.

No perdí de vista el reloj de la temperatura afirmado en el tablero del coche. Íbamos callados y adormecidos por el verano. Después de las frenadas se escuchaban los golpes del bamboleo de los troncos guardados en el baúl. Habíamos amarrado una remera a la punta del tronco que sobresalía y, fue así como, quedé destinada a la tarea de cuidar el bamboleo de la carga, a observar de manera obsesiva los cambios de temperatura que podían registrarse en el reloj.

Adquirimos una velocidad crucero: sesenta kilómetros por hora. A esa misma velocidad transcurrían nuestras vidas hasta que comenzaban a declinar, a fallar, a sofocarse como un motor ahogado, como un auto viejo que apenas puede con su carrocería.

A través de las rendijas se colaba una brisa caliente que, de todos modos, servía para refrescarnos, pero de repente, como suele suceder con este tipo de cosas, digamos; en cosas por el estilo, como puede ser: ir atento buscando y buscando para encontrar objetos que nos despisten o acercarse a la conclusión de que no se trata de cubrir una necesidad sino simplemente de sabernos arduos en la tarea de buscar y, lo que es más complejo, competentes para hacerlo, aunque después sólo haya un trozo de pan duro.

En esa ocasión, fue una mesa de televisor dispuesta elegantemente junto al poste de luz en la vereda de una casa. Era una mesa pasada de moda, cubierta de formica gris, con una estructura metálica oxidada y unas rueditas dobladas al final de las patas. Los tres la habíamos visto al mismo tiempo, digo esto, porque seguro que después todos tenemos la intención de adjudicarnos el descubrimiento de la mercadería. Lo único que habíamos atinado a hacer, fue una exclamación al unísono, frenar el auto, y quedarnos observando la mesa por un instante.

La cargamos con eficiencia y rapidez en el asiento de atrás. Las seis manos la levantaban al mismo tiempo, al mismo ritmo, con un fervor y una devoción propia de un santo. La santa mesa en la religión de los que buscan, de los que insisten en ir de un rincón a otro pero no tienen por dónde sacar la cabeza.

En el viaje conversamos sobre los distintos usos y fines del hallazgo: el carrito multiuso, un amplio macetero, el refugio para el perro, la muralla divisoria, la repisa para exhibir la decadencia.

El hallazgo nos despabiló de la modorra. El auto se deslizaba veloz sobre una pista de hielo. Los troncos habían dejado de moverse y nuestros cuerpos se iban deshinchando. Los tres pensábamos en una cerveza fría. Bien fría.

Cuando volví la vista hacia el reloj, la temperatura había aumentado cinco líneas. Pensé que si esperaba podría suceder un milagro: el tiempo regresaría para seguir hablando de la mesita y fumaríamos nuevamente unos cigarros a grandes bocanadas.

Si daba aviso sobre el estado del reloj, Pablo comenzaría con los insultos, daría un manotazo hasta que las agujas marcaran lo imposible, bajaríamos los tres del auto. Pablo abriría el capó, tocaría los cables, las mangueras engrasadas, esperaríamos durante horas sin tener la más mínima certeza de qué cosa esperábamos.

Y sí... me callé.

Veníamos del Oeste hacia el Oeste. No teníamos opción, por eso habíamos ocupado una casa en Villa Udaondo, pero las cosas se complicaban para salir del Barrio. En las calles de tierra confluía cumbia villera, chamamé, hip hop y rock and roll, todo esto daba origen a un nuevo ritmo enloquecido que incitaba a la fiesta descontrolada del fin de semana.

A veces, esperábamos que llegara Olga con el Falcon a visitar a su hermano. En otras ocasiones, nos movilizábamos con el Fiat de Pablo. Era importante tener ciertas cosas en claro a la hora de subir al auto: los pies debían ir ubicados cerca de los zócalos, las puertas no podían abrirse desde adentro, el vidrio del acompañante no bajaba, el motor levantaría temperatura, el limpiaparabrisas no funcionaba. Los días de lluvia frotábamos una papa pelada por el parabrisas y esperábamos que el almidón nos sorprendiera.

El reloj me torturaba, si bien nunca se dijo, de alguna manera quedó establecido que el acompañante debía vigilar los cambios de temperatura. Evalué la situación; ya era tarde para avisar lo que estaba pasando. Dudé, pensé que todavía estaba a tiempo de decirlo, pero decidí concentrar mi atención al bamboleo del tronco, a cuidar que la remera no quedará por el camino, a hablar con Fer sobre las cañas de bambú. Fer parecía estar muy lejos, salvo cuando encendía un cigarrillo y acomodaba su cuerpo abrazando la mesita, fue en ese momento, cuando comencé a intuir que Fer ya pretendía cierto dominio sobre el mueble.

Nunca habíamos tenido vivienda, ni rumbo fijo. A veces, acunábamos un bolso en los innumerables viajes que comenzaban con desbordante entusiasmo. A veces, hacíamos simples complicidades con simulacros para continuar y que alguien nos diera una mano.

Pablo había estado viviendo en La Boca durante meses, antes de llegar a la Villa. Durante ese tiempo ocupó un pequeño ph colmado de humedad, con caños que se desangraban dentro de las paredes. Se atrincheró en la propiedad para que un grupo de inmigrantes no tomara la casa y tapó las aberturas con maderas. En la noche permanecía despierto a la escucha de cualquier intento de usurpación. Dejó la propiedad cuando enfermó de fiebre reumática y los peruanos, finalmente, entraron por la ventana del comedor.

Mientras Pablo viajaba por el Norte, en ese verano, yo buscaba un lugar donde quedarme. Estaba cansada de arrastrar los bolsos por la ciudad, había encontrado una habitación con un balcón francés en Congreso. Los que llegaron a conocer me decían: “tuviste suerte, esto es un palacete”, y no se habían equivocado. El baño era compartido pero en la habitación instalé un anafe y estiré una soga en el balcón para colgar la ropa; ése fue el problema. ¿Quién puede creer que una soga de dos metros y medio fuera el desencadenante del desastre? No quise bajo ningún motivo, ya fuese por reglamento de la pensión o por pedido especial del encargado, por artículo en el código de convivencia de inquilinos, por ética o estética del edificio; desarmar el tendedero. No podía resignarme a dejar de ver la ropa colgada, agitándose en el viento, esplendorosa bajo el sol. No quise y no pude quitar la ropa, juntar los broches, enroscar la soga, darme por vencida.

Terminé en un hotel sobre la calle Independencia, pero tuve que dejar el lugar por no cumplir con las normas de la Administración. Y en esa ocasión, no fue el tema de la soga porque no había balcón, ni ventana, apenas un boquete en la pared.

Lo que pasa es que los que no tenemos adónde ir, vamos a cualquier rincón, pero no dejamos un solo espacio sin habitar. Probamos debajo de las escaleras, en los cajeros automáticos. Los que no tenemos adónde ir, vamos a todos lados, nos movemos para contrarrestar ese principio de quietud. Pero es agotador y triste no saber dónde resguardarse cuando el movimiento se hace continuo y demencial. Los que no tenemos adónde ir, llevamos un mapa desplegado en la pupila y la melancolía de abandonar lugares a los que nunca se llega.

El problema es que todo el mundo se aburre del itinerante, no entienden esa acción constante de buscar y, al mismo tiempo, no buscar nada. Es incómodo ver cómo una persona frecuentemente guarda ropa dentro de bolsas, acomoda frascos en una valija, estira un saco con magas sucias, se olvida el cepillo de dientes, lleva las medias junto a las monedas. El itinerante es un ser reflexivo por naturaleza. Evalúa incansable lo que realmente necesita y lo que lleva. Estima el peso y la superficie de todo lo que cae en sus manos: un libro, un paquete de yerba, el recuerdo de dos caracoles, la ropa interior, unas botas de invierno, las chancletas de verano, las fotos del 92 en Las Toninas.

Nadie supo de dónde venía Fer, cuando hablaba tenía un acento santiagueño, pero una noche confesó que había nacido en Misiones. La verdad es que no tenía importancia porque los que no tienen adónde ir, terminan quitándole importancia a la procedencia, es un método indispensable para explicar que aquello que no tiene desembocadura tampoco tiene punto de origen. A lo mejor, desde un plano crédulo, había que profesar el budismo que Fer practicaba, por eso ese transcurrir, ese ir y venir sobre rieles a sitios desconocidos, esa adrenalina de viajar sin saber en qué sitio se está cuando se desciende. Fer se alimentaba de vegetales y había dejado las drogas para las situaciones de convite. Fer trenzaba pulseritas, cinturones, aros, colgantes, collares, carteras, corbatines, morrales: era una máquina de trenzar, todo lo trenzaba: el destino, los caminos, las historias. Trenzaba de día y de noche, mientras tomaba mate o fumaba. Lo cierto, era que Fer estaba feliz de haber llegado a Buenos Aires, mientras nosotros lo único que queríamos era abandonar la ciudad lo antes posible.

El auto dibujó la rotonda y los tres acompasamos con el cuerpo esa delicada inclinación. La distancia siempre fue lo de menor importancia, sin embargo, parecía que faltaban interminables horas de viaje. Comencé a medir el tiempo a través del reloj de la temperatura, la distancia y los puntos cardinales. Me sumergí en cálculos inútiles. Supuse que Fer podía ver el reloj desde su ubicación en el asiento de atrás y esperaba que, en algún momento, dijera algo, así que decidí despistarlo. Hablé más que de costumbre, coloqué el bolso sobre mis piernas para impedir que pudiera visualizar el reloj. La transpiración se apoderó de mi cuerpo, la culpa me invadía. A partir de ese momento, sería la culpable de sus desdichados destinos.

Parecía que Pablo se había olvidado del reloj, o tal vez, me había delegado esa tarea y yo lo traicionaba. Una loma de burro nos revolcó en los asientos. Pablo se ensañó con la madre de la loma. Era posible que empleara las mismas palabras para declararme inepta en mi tarea.

Después de revisar nuevamente la situación deduje que lo mejor sería despojarse de ese maldito reloj. Me felicité por tener la osadía de desafiar esa tortura que me había sido impuesta por el sólo hecho de ir sentada junto al conductor. Creo que cerré esa cadena de pensamientos cuando llegué a la conclusión de que no podíamos cambiar lo inevitable.

Fer encendió otro cigarrillo. Sin decirnos una sola palabra ambos supimos que coincidíamos con la decisión de abandonar el reloj y eso nos llevo a formar una especie de complicidad entre nosotros. Ninguno de los dos arrojaba el humo por la ventana sino que lo echábamos adentro del auto y Pablo se molestó.

Pasamos el cartel verde que indicaba las direcciones, como si nos hubieran bajado un banderín, para declararnos fuera de carrera. El motor humeaba. El humo inundaba la cabina. Miré desesperada el reloj; la aguja había quedado clavada en esa línea ancha y roja que significaba que ya no podíamos seguir. Pablo descendió del auto, pateó la puerta, estiró los brazos hacia el cielo y, luego, los ubicó detrás de la cabeza. Fer y yo esperábamos que esa ceremonia pasara lo más pronto posible. Empujamos el auto hasta el cordón de la avenida y nos sentamos los tres en la vereda esperando algo. Esperábamos tan fervientemente algo que, todavía, no podíamos discernir con certeza.

Pablo no dijo nada sobre el tema del reloj y Fer fumaba un tabaco dulce. El silencio invadió los cuerpos en la desolación de la calle, y yo me quedé mirando hacia atrás: el río ya lo habíamos cruzado pero, por ese entonces, aún no lográbamos comprenderlo. Más adelante, estaba la curva y, después, el mismo camino de siempre hacia ningún lugar.