martes, 17 de diciembre de 2013

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Habitualmente, a Alice Munro se la presenta como a una escritora que describe la vida de las mujeres. ¿Será a causa del título de su única novela, LA VIDA DE LAS MUJERES? Sin embargo, los personajes de Munro son hombres, niños,  niñas y... mujeres. Gente que convive en un universo de incertidumbres  y nuevas experiencias; normas adquiridas y rebeldías; búsquedas constantes y resignación. Y el paisaje acompaña. También las casas; y los objetos. Pinturas locales que  evocan lo universal. ¿Mujeres? ¿Hombres?: seres humanos.

Extraje los siguientes párrafos de un artículo publicado en el diario El País Cultura, en octubre de 2013. Su autor es Alberto Manguel, escritor argentino. Invito a leer una crónica que comenta la obra de Alice Munro sin hacer hincapié en las diferencias de género. 

"Cuando Alice Munro publicó su primera colección de cuentos, Dance of the Happy Shades,en 1968, la literatura canadiense en lengua inglesa apenas existía. Con perseverante determinación, algunos jóvenes escritores de lengua inglesa se lanzaron a la grandiosa empresa de fundar una literatura nacional. Entre ellos, Alice Munro".
Otro comentario de Menguel: "Hay cuentistas magistrales (Hemingway, Kipling, Cortázar) cuyo campo de acción es la tierra entera; otros, en cambio (Chéjov, Rulfo, Flannery O’Connor) no buscan viajar más allá de su horizonte físico. A estos últimos, el rincón familiar les basta para analizar, describir y ensalzar la condición humana entera. Los hombres, mujeres y niños (pero sobre todo mujeres) del mundo literario de Alice Munro se afanan en los pequeños trajines de la vida cotidiana. Nacen, viven y mueren dentro de marcos previstos desde siempre, y si en estos irrumpen (como siempre lo hacen) las sorpresas del azar y de lo casi imposible, nunca sienten que sus tragedias puedan tener ecos universales".

Pero sí los tienen porque, continúa Menguel:
"La minuciosa construcción de ese mundo —la exactitud de un gesto de despedida, de una palabra apenas pronunciada, de la forma de una taza o del color de un muro— parecería reivindicar un realismo documentario, una arqueología del presente. Sin embargo, es lo contrario: esa precisión encubre una generalidad ancestral, una verdad válida para todos, un secreto a voces. El lector nunca siente que se trata de un virtuosismo mimético, de color local. Sin duda, los personajes de Munro viven en un lugar y un tiempo precisos, pero también en todos los lugares y todos los tiempos".
"Cuando la conocí, me di cuenta de que observaba cada detalle de la gente 
que nos rodeaba, los gestos que yo hacía, alguna particularidad del café en el que estábamos.  Imagino que para Alice Munro, así es la vida: un ejercicio de observación... ".

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