jueves, 10 de diciembre de 2009

IX CONCURSO DE CUENTO CORTO BABEL

2º PREMIO


PAPEL DE ARMAR

Elio Bernabé Piñero
de Paraná- Entre Ríos


Cuando Charly tiene armados diecinueve cigarrillos de marihuana se le termina el papel de liar. Se sirve el último culito de una caja de vino blanco, bebe un largo trago, entrelaza las manos con las palmas hacia adelante y estira las muñecas, haciendo sonar las articulaciones entumecidas por el frío y la faena.


Cuenta su mercadería esparciéndola sobre la mesa, a razón de un peso por unidad, y llama a su mujer:


-¡Negra! ¿Podés venir?


Tirada en la cama de la habitación contigua, despatarrada entre frazadas raídas y almohadas viejas, Mariela sufre y goza mirando en la tele una libertina adaptación por entregas de El Conde de Montecristo. Los lugares más comunes del amor y la venganza se construyen y desconstruyen en cada capítulo; todo ocurre entre carilindos de moda y referencias demagógicas -algo tardías si se quiere- a la última dictadura militar. Malhumorada, displicente, asoma apenas el rostro aindiado –su melena azabache- entre la cortina que separa el único dormitorio del lugar donde está su concubino, un reducido ambiente –su techo de chapas- que concentra las funciones de cocina, comedor, sala de estar y lavadero.


-¿Sí?


-Diecinueve tengo, ¿vos qué decís?


-¿Por?


-Me quedé sin seda, no me di cuenta, si no alcanza puedo ir a comprar.


-Estás loco, con este frío.


-Digo por el evatest.


Ella está por responder que no importa, que da lo mismo hacérselo mañana, o pasado, o traspasado, pero suena a todo gas la espeluznante versión ringtone de la cumbia El bombón asesino.


-Es Cacho -dice Charly abriendo la tapita del teléfono.


-Cachito -le dice al micrófono del motorola, escucha unos instantes, afirma o interroga:


-Tiene que ser ahora... claro... sí... Todo bien, ya salgo para allá.


-Necesita faso -le informa a su mujer, que ya supone -te dejo éstos por si viene alguien.


-¿Vas a ir?


-Tengo que ir, es Cacho. Paso a comprar seda y le llevo.


Charly busca en el fondo su baqueteada bicicleta, Mariela le alcanza la campera y una gorra de lana negra, que él rechaza:


-Tiene mucho olor a mina.


-No seas boludo, te vas a quedar sin orejas.


-Bueno dame -acepta él, se la acomoda por encima de las mechas rubias, arroja un beso al aire, promete -en una hora estoy de vuelta.


-Traeme un chocolate –pide ella -si te acordás.



El aire escarchado, estático y punzante, le cauteriza la piel expuesta de los pómulos antes de llegar a la esquina. Emerge del barrio Pirola por uno de los pasillos que desembocan en la avenida Perette, sube hacia el centro buscando un kiosco abierto donde conseguir papel de armar


Después de comprar pedalea todas las cuadras de la calle Carbó hasta la avenida Ramírez, dobla a la derecha hasta Maciá y encara hacia los fondos del hipódromo, bajo la sombra espesa de enormes eucaliptos que atenúan la luz de las farolas, ennegreciendo aún más el asfalto desierto.


Detiene la bici delante de una puerta de chapa desteñida, que exhibe un agujero en lugar de mirilla y un cartel discreto, confeccionado con letras autoadhesivas: MAESTRO OSIRIS RAMA / VIDENCIA NATURAL / ARMONIZACIONES / DESTRABES. Golpea despacio los nudillos contra el metal y unos segundos más tarde el propio maestro abre la puerta, ataviado con su doméstica personalidad de Cacho: petiso cuarentón, entrado en kilos, piel cobriza y cabellos teñidos de cobre, que saluda con dicción amanerada.


-Charly, querido, ¿cómo estás?, pasá, pasá, entrá la bici, mirá que de noche en esta zona no te podés descuidar. Pero qué frío de mierda, dejate de joder. Disculpame que te haya hecho venir tan tarde, lo que pasa es que tuve un día terrible, una locura, no pude parar un solo minuto, y yo mañana viajo al interior, imaginate, a las siete tengo micro y vos sabés, me muero, a mí me puede faltar cualquier cosa menos el porrito...


-Tengo que armar –dice Charly cuando al fin puede decir.


-¿Cómo?


-Me quedé sin seda, pasé a comprar y me vine, así que tengo que armarte.


-Ah, sí, sí, por favor, que yo para eso soy tan, pero tan inútil. Bueno, en realidad, para muchas cosas... ¿Ustedes andan bien? A la Negra hace mucho que no la veo, y al Gordo tampoco, mi ángel.


-El Gordo está en Buenos Aires, por González Catán creo, en una granja o algo así para chicos medio retrasados. Lo mandaron del Consejo del Menor, para hacerle unos estudios, o un tratamiento, muy bien no sé.


-Pero ese chico tiene que estar con la madre por lo menos, pobrecito, ya que el padre no existe...


-Lo que pasa es que ese chico pesa ciento veinte kilos, ya no es un bebé, Cacho. Cuando se pone loco no hay forma de pararlo. ¿Te vas por los pueblitos, a hacerte rico? -pregunta Charly después de sacarse la campera y la gorra, mientras se sienta en un sofá con tapizado de cuerina despelechada y despliega sus cosas sobre una mesita ratona atestada de revistas viejas.


-Sí, claro, ja, ja, millonario... Te digo la verdad: me traigo unos pesitos, pero también tengo un par de amigos, qué te pensás...


-¿Tenés un cuchillo? Un tramontina, cualquiera...


-Ahora te busco. ¿Me pensás ensartar?


Con un tramontina de dientes gastados, ignorando la ironía o el eufemismo, Charly serrucha delgadas lonjas de un cubo de marihuana compactada y las introduce en su picador, un pequeño y útil artefacto circular semejante a un pastillero, algo como dos tapas plásticas con pinchos que encastran hacia adentro y giran en sentido contrario. Cuando sale la primera tanda de picadura arma un primer porro, lo enciende, aspira el humo con fruición exagerada y se lo pasa a Cacho, que fuma largamente, lo restituye y pregunta:


-¿La Negra, anda bien?


-Sí, bien, un poco rayada porque no le viene. El asunto, digo. Pero bien, dentro de todo -responde Charly, mientras arma mecánicamente -¿cuántos vas a querer?


-Haceme cuarenta, cincuenta, mientras no te acalambres los dedos, con eso ya tengo... ¿Tenés algo de ella?
-...


-De la Negra, algún pañuelo, cualquier cosa no metálica.


-No. La verdad que no.


-Yo para...


-Sí tengo -recuerda Charly, busca la gorra de lana y se la entrega a Cacho, que la toma, la huele, se levanta y dice:


-Esperame un minuto, vos seguí armando tranquilo que yo ya vengo.


Charly queda solo en el pequeño recibidor de la casa, devenido sala de espera en virtud del oficio de su ocupante. Las paredes están pintadas de rosa tenue o desteñido y frente a él, separada por una arcada de medio punto, puede ver la estrecha cocina-comedor y distinguir el rancio olor a sopa-crema de sobre y pis de gato que viene a entreverarse con el aroma dulce de la hierba recién fumada.


A la derecha dos puertas pintadas de lila recortan el plano rosa del muro. Una se abre hacia un pasillo que conduce al baño y al dormitorio. La otra, custodiada por un Cristo crucificado sobre el marco y un pedestal dorado que sostiene un ángel de yeso, conduce al recinto de trabajo donde Cacho, previsiblemente, se encuentra asumiendo la personalidad Osiris Rama.


Charly arma y arma sin descanso, con suma destreza y agilidad, formando series de a diez sobre la mesa ratona. Oye pasar un micro, acaso el último coche de la línea dos y después nada, apenas dialécticas series de ladridos, más y menos lejanos, que el oído agudizado por la droga percibe claramente.


Unos minutos más tarde Cacho lo sobresalta. El mismo Cacho de siempre, ningún indicio de trance o alteración.


-Necesito tu campera, ¿puedo?


-Para hacerme un gualicho, seguro... –responde Charly fingiendo un vago temor que en realidad tiene.


-No, mi amor, no te preocupes, es solamente para que te enamores de mí.



Cuando está por completar la quinta serie Cacho cruza hasta la cocina y dice al cruzar:


-Yo voy a tomar un gancia con jugo de naranja, ¿vos querés uno?


-Bueno. Dale. Para matar un poco el frío...


Prepara dos vasos llenos hasta el tope de un brebaje turbio, visiblemente empalagoso, le alcanza uno a Charly y levanta el suyo, a modo de brindis:


-Por el ángel que está por venir.


Charly lo mira azorado, estupefacto, y entonces sí, el maestro Osiris Rama toma la palabra:


-Te quiero decir una cosa, algo que siempre digo y que tal vez ya escuchaste: eso que llamamos destino existe pero no es rígido, inamovible, como piensan muchos. La mejor imagen para entenderlo es la de un carro, digamos un carro tirado por caballos. Vos estás ahí arriba, sentado piola, mirando el paisaje, y mientras tanto los caballos van para donde ellos quieren. Pero no hay nada que te impida manejar ese carro, tomar la rienda como quien dice, y llevarlo para el lado que vos elijas. La cuestión es estar convencido, tomar la decisión, y actuar en consecuencia. Vos pasá por la farmacia cuando vuelvas y comprá uno de esos test de embarazo para confirmar. Pero ya te digo que vas a ser papá, papá de una nena, te lo puedo asegurar ahora.


Un relámpago de incertidumbre, un espasmo de pánico, una tenue brisa de bienaventuranza barren el cerebro de Charly, sumando confusión a la confusión preexistente.


-No sé qué decirte. La verdad, no sé qué decirte...


-Tampoco tenés que decirme nada, corazón. Lo que tenés que hacer es cuidar a Mariela y estar, sobre todo estar, no borrarse, como el otro sorete. Te lo habrá contado mil veces: cuando quedó embarazada del Gordo era una pendeja que andaba en cualquiera, y nunca pudo superar la culpa que ella dice tener. Es como una cicatriz, una marca permanente en su vida. En fin, querido Charly, ahora la historia puede ser diferente, para ella y para vos, porque...


-Lo que no entiendo muy bien es lo del carro...


-Ah, bueno, lo del carro. Yo no sé si vos creés o no en esto que yo hago, pero es como un don que Dios me dio, o que traigo de otra vida, o las dos cosas, y yo pienso que es también una responsabilidad muy grande. No sé bien cómo funciona y la verdad, lo poco que entiendo es... difícil de explicar con palabras, como todo lo que pasa a nivel sensitivo.


-Claro... -murmura Charly, mientras Cacho se enjuaga la boca con el brebaje glucosado.


-A ver. Yo agarro tu campera, la pongo arriba de mi mesa, la huelo, cierro los ojos y me voy poniendo en blanco, hasta que me viene algo, una sensación, una palabra, una imagen mental: estás preso. Después siguen otras, como revueltas: me pregunto por ejemplo si vas a amar a esa hija y siento claramente que sí, aunque no puedo saber hasta qué punto estoy contaminado porque te conozco bastante, y es difícil separar. Es así: yo sólo puedo transmitir una interpretación de la señal. Si te digo que estás preso es como una alarma, pero no significa que tiene que pasar sí o sí. Quiero decir: si yo presiento que te vas a matar en bici esta noche, te digo que te quedes en casa, te convenzo de algún modo para que no te vayas, y es una forma de subirte al carro, frenar los caballos hasta mañana. Y mañana te podés matar igual, por supuesto, a veces el destino es tan fuerte que no se lo puede esquivar. Cuando intuyo algo así, te juro, me doy cuenta porque me duelen los huesos, me agarra como un dolor de huevos pero en los huesos. Es algo que no le deseo a nadie pero no es el caso...


Abatido, drogado, aturdido por la inusual manera de acceder a la certeza, Charly no puede asimilar por completo la vieja metáfora del destino como un carro. Igual no insiste, porque teme desnudar su incapacidad. En la nebulosa mental emerge un vago recuerdo, un aforismo, una frase leída o escuchada en alguna parte: mejor quedarse callado y parecer tonto que hablar y confirmarlo. Se calza la gorra y la campera, introduce sus cosas en los bolsillos, devuelve el tramontina de dientes gastados.


-Ahí tenés cincuenta –señala la mesita y hace bailar los dedos a la altura del rostro -ningún calambre.


Cuando Cacho le paga con un billete de cien y él responde que no tiene cincuenta pesos para darle cambio, al fin se hace la luz.


-No, no. No quiero que me des el vuelto, es un regalo para ustedes. Y perdoname que me meta, pero yo en tu lugar compraría un buen vino para festejar y pañales, bolsas de pañales, que es el gasto más pesado cuando son chiquitos. No sé si quedó muy claro: yo no te voy a comprar más faso. Es una gran tragedia para mí porque confío en vos, en lo que vendés, pero no puedo ser cómplice de algo que ya sé cómo puede terminar.


-No. Sí. Claro. Más bien. Es... obvio... -dice pero no dice Charly, ya montado en la bicicleta, casi en actitud de fuga.


-Pero yo voy a seguir siendo amigo de ustedes: ahora vamos a ver si me aguantan como amigo tanto como cliente. Y ya te digo: me postulo para padrino. Y otra cosa, si decidís, digamos... cambiar de trabajo, háblame, por favor. Yo conozco mucha gente, y viste que el Hugo, mi hermano, el que tiene la panadería, dos por tres necesita empleados. Quien te dice, por ahí aprendés el oficio y más adelante...


-Bueno. Gracias. Gracias por todo -se despide Charly con la vista clavada en el asfalto.


El Maestro devuelve el saludo, termina de iluminar:


-Dale un abrazo a la Negra, de mi parte. Y no te olvides de llevarle un chocolate.



Presiona con fuerza el pedal derecho y un segundo después está al otro lado de la calle, rodando cuesta abajo por Maciá hasta Ramírez. Unas pocas putas de jamones curtidos gastan la vereda, sus propias botas y algunas calorías -pero esta noche, para ellas, el tiempo no es dinero.


Dobla por Echagüe hacia el centro, buscando otra vez un kiosco abierto. Pedalea hasta la plaza de Mayo, la principal de la ciudad, se apea en un drugstore que además de exhibir una completa bodega de vinos, queda exactamente al lado de la farmacia Moderna, que atiende las veinticuatro horas.


No recuerda haber dicho nada acerca del chocolate. Está casi seguro de no haber hablado del chocolate por una sencilla razón: ni él mismo se acordaba del maldito chocolate. Gracias a Cacho, ahora sí que lo recuerda. Pide una tableta de águila semiamargo, una botella de colón malbec, un atado de marlboro, paga, guarda el cambio de los cien y arrastra la bici hasta la farmacia, donde lo atienden por una pequeña ventanilla de la puerta principal.


Después baja por Italia, contramano y solo, para desembocar justo en la cortada Isidoro Rossi, la entrada principal al barrio Pirola.


A poco de cumplir los treinta años, Charly encuentra el fin de su infinita adolescencia mientras surca los pasillos de tierra endurecida hasta la casa donde espera su mujer, cuatro años mayor que él, y dentro de ella un embrión de seis semanas cuyo nombre -femenino- ya ha sido nebulosamente conjeturado.


-Regalos –dice y ríe cuando llega, ofreciendo la bolsa que lleva colgada del manubrio.


Mariela supone que él está bastante fumado y también ríe, sólo por seguirle la corriente. Toma la bolsa, sumerge la mirada dentro de ella, comienza a sacar cosas. Celebra el vino y el chocolate, la sonrisa comienza a esfumarse cuando reconoce la caja del evatest.


Después, simultáneamente, llora y vuelve a reír, tiembla un poco y balbucea algo, mientras saca dos paquetes de pañales descartables, tamaño recién nacido.

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