miércoles, 14 de diciembre de 2011

SALA DE LECTURA

Fueron burócratas, carteros, camareros, empleados de banca, contrabandistas de opio, diplomáticos, aviadores, acróbatas e incluso cazadores de ballenas en el Ártico. Y, en sus ratos libres, escribían obras maestras. ¿Cómo sobrevivían ? ¿Qué trabajo les permitía dedicarse a la literatura?

Hubo emprendedoras como la novelista francesa Colette que en 1932, ya con 60 años, montó un instituto de belleza.
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Maxim Gorki (ruso, 1868-1936) empezó a trabajar desde niño como descargador en el Volga. Luego fue pinche, fogonero, pescador, panadero. Sin embargo, bastó que uno de sus cuentos tuviera éxito para que comenzara a colaborar en varios periódicos y tuviera que escribir dos artículos al día. Curiosamente, Gorki confesaba que ese "trabajo esclavo" lo agotaba.

Jack London (1876 – 1916, estadounidense), en 1897, durante la fiebre del oro, desembarcó en Klondike, trabajó duramente e incluso vivió en una cabaña abandonada rodeado de lobos. Claro que cuando se dedicaba a la escritura se quejaba de intensos e insoportables dolores de espalda.
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Esta consideración de la escritura como la más agotadora de las tareas también nubló a Charles Bukowski (1920-1994, estadounidense nacido en Alemania) trabajó disciplinadamente durante 14 años como cartero, pero que "cuando le dieron un sueldo por escribir, se quedó paralizado por el terror toda una semana".

Georges Perec (1936-1982, francés) no abandonó su empleo subalterno de documentalista en un laboratorio médico.

Para muchos escritores, trabajar en algo que no tuviera que ver con la literatura les permitía tener libertad, ya que su medio de vida no dependía de lo que escribieran.

En las estanterías de babel, sus obras.

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