Luces de navidad de Francisco Bitar * Club de Lectura noviembre
Francisco Bitar
Luces de navidad
En la navidad de mis diez años, mi viejo hizo pasar a un croto que miraba hacia nuestra mesa desde la vereda de enfrente. No era algo que ocurriera con poca frecuencia: todas las navidades mi viejo se preocupaba por cumplir con su buena acciĂłn y, al parecer, no habĂa sido suficiente con barrer de los placares la ropa sin uso para llevarla a casa cuna esa tarde. Para ser justos, hay que decir que mi viejo acostumbraba a hacer este tipo de cosas durante todo el año, pero era cierto tambiĂ©n que nunca habĂa ido tan lejos.
Yo lo habĂa visto por la ventana y de ninguna manera tenĂa el aspecto de un croto tĂpico, eso si en realidad era un croto. Llevaba un chaleco rompevientos color naranja pero en su cara no habĂa transpiraciĂłn ni señal de sofocamiento. Cada tanto, ante algĂşn movimiento en la casa, decĂa algo para sĂ mismo, algo que no me asombrĂł en lo más mĂnimo; apenas lo vi, pensĂ©: gente que habla sola.
—Pase —dijo mi viejo, después de cruzar dos palabras con él en la vereda de casa.
Los padres de mi viejo lo miraron con recelo pero mamá alcanzĂł a reaccionar para pedirnos a mi hermano y a mĂ que nos apretáramos sobre la otra punta de la mesa, donde estaba el abuelo. Mi abuelo todavĂa miraba a su hijo: Âżde dĂłnde habĂa sacado mi viejo aquella costumbre? No de Ă©l, eso seguro. El padre de mi viejo no era exactamente lo que se dice un alma generosa.
—Él es Antonio —anunció mi viejo.
—Buenas noches —dijo Antonio mirando al resto de la mesa, y dio el primer paso en el interior de la casa—. Buen provecho.
Además del chaleco, llevaba una camisa de mangas cortas con botones de distintos juegos, vaqueros con rodilleras bien emparchadas y zapatos con suela de goma. TenĂa la piel gastada de estar al sol, como los hombres que van a vivir cien años.
—Siéntese, Antonio —dijo mi viejo—. Yo soy Oscar y mi mujer se llama Mary. Los chicos son Juan y Leo, y mis padres, Enrique y Norma.
—Hola, Antonio —dijo mi abuela con voz ahogada.
El croto asintiĂł sin moverse.
—Ya viene mi mujer con su copa —siguió mi viejo—. Salvo que tenga que seguir camino.
Antonio negĂł con la cabeza.
—Acérquese, entonces —dijo mi viejo.
—Oscar —advirtió mi abuelo.
TodavĂa habĂa tiempo de detener aquello: el croto no se habĂa separado de la puerta de calle. Un paso más adelante estaba el árbol de navidad, de plástico y tamaño chico, como debĂan ser los regalos. Otro paso y empezaba la escalera que conducĂa a nuestras habitaciones.
—No quisiera molestar —dijo el croto.
—No es ninguna molestia —aclaró mi viejo.
—Claro que es una molestia —dijo mi abuelo.
El croto hizo algo extraño: avanzó hasta la mesa y se asomó por la puerta que daba al fondo, a la cocina y el patio. Por lo que duró ese segundo, mi abuelo se despegó del respaldo.
—Gracias —dijo Antonio y colgó el chaleco en la silla, junto a mi hermano.
Leo, dos años menor que yo, tomĂł un trago de jugo de pomelo sosteniendo el vaso con las dos manos: con la cara adentro del vaso, nada malo podĂa pasarle.
—¿Ya cenó, Antonio? —dijo mamá.
—Mire que sobró de todo —agregó mi viejo.
—Asado —dijo Antonio al ver el contenido de la bandeja.
—Asado —repitiĂł mi viejo—. No es el tĂpico menĂş de navidad pero se deja comer.
—Qué le parece.
—Nada de platos frĂos —dijo mi viejo.
—Salvo por las ensaladas —explicó mamá.
—¡Y el postre! —exclamó mi hermano.
Antonio le sonriĂł y con eso la mesa pareciĂł volver a la vida. No habĂamos hablado demasiado hasta el momento. El punto alto de la noche habĂa salido volando del interior de un Falcon en movimiento: un vaso plástico que salpicĂł la puerta de casa con un lĂquido celeste. Con mi hermano salimos a ver. El abuelo les gritĂł: Ă©l era de tomarse cualquier cosa de una manera personal.
—Le traigo, entonces —dijo mi viejo y levantó su cuchillo de la mesa.
—No hace falta. Muchas gracias —dijo Antonio con amabilidad, aunque, mientras lo decĂa, miraba las sobras como midiendo las posibilidades.
—Le traigo de todas maneras —dijo mi viejo—. De la parrilla, recién salido. Si le dan ganas puede picar algo.
Mi viejo saliĂł al patio aunque no sin antes dirigirme un gesto para que lo acompañara: yo tenĂa diez años y ya era tiempo de que aprendiera todo sobre cĂłmo hacer un asado. Pero una vez afuera, como en general ocurrĂa, Ă©l se puso a tomar vino y se olvidĂł de que yo estaba ahĂ. Era su manera de enseñar a los hijos; Ă©l te llevaba hasta el lugar indicado pero el resto corrĂa por tu cuenta. Si no abrĂas los ojos, no iba a ser Ă©l quien te dijera lo que tenĂas que hacer.
—Oscar —dijo mi abuelo, saliendo al patio atrás nuestro—, ¿me podés decir qué carajo estás haciendo?
—¿A quĂ© te referĂs?
—No te hagás el vivo —amenazó mi abuelo—. Y mirame cuando te hablo.
Mi viejo se volviĂł y quedaron a un paso de distancia, mentĂłn contra frente.
—Qué pasa —dijo mi viejo, sin que sonara en absoluto como una pregunta.
—El ciruja que está en la mesa —dijo el abuelo—. Eso es lo que pasa.
El abuelo era más alto que mi viejo pero en general se notaba el parentesco. En alguna parte de nuestra casa habĂa una foto de mi abuelo de joven, con uniforme de suboficial, y no era difĂcil confundirlos: nariz y boca grandes, ojos castaños, gesto desafiante.
—El tipo no tiene con quién estar —le dijo mi viejo—. ¿No te parece que se le puede dar una mano?
—Esta es una cena familiar.
Mi viejo se volvió y arrinconó las brazas sobrantes en una esquina del asador. Yo tomé nota mental.
—Es navidad —sentenció mi viejo.
—Exacto —dijo mi abuelo—. Es navidad. El dĂa que uno la pasa con su familia.
Mi abuelo tenĂa a veces esa manera de hablar, como si cada frase fuese la Ăşltima y debiera despedirse del mundo con un mensaje importante.
—Si ese ciruja está solo, es problema suyo —agregó mi abuelo volviendo a la casa—. Por algo será.
Cuando me di vuelta para verlo entrar, pude ver tambiĂ©n al croto en la galerĂa. PensĂ© que Ă©l habĂa escuchado toda la conversaciĂłn y sentĂ algo de vergĂĽenza, pero lo cierto era que no estaba ahĂ por nosotros: apoyaba la yema de los dedos sobre la pared y avanzaba con paso muy lento. RarĂsimo. ÂżQuĂ© tenĂan de especial esas paredes? Era lo mismo que hacĂan los sonámbulos de la televisiĂłn en las pelĂculas de trasnoche: seguir las paredes con la punta de los dedos hasta encontrar el camino de vuelta.
—Antonio nos estaba contando que es profesor —comentĂł mamá cuando mi viejo y yo volvimos del patio. El abuelo ya estaba ahĂ, apoyado sobre el marco de la ventana, de espaldas a la mesa.
—Profesor de matemáticas —aclaró mi abuela.
—¿Ah, s� —dijo mi viejo.
Yo volvĂ a mirar al croto: Âżpor quĂ© no? ÂżQuĂ© sabĂa yo de la pinta de un profesor?
Mi viejo se sirviĂł vino y puso el pico de la botella sobre la copa de Antonio.
—No, gracias —dijo él—. Estoy con agua.
—Asà que profesor de matemática —dijo mi viejo.
—Fui profesor de cálculo durante diez años en la universidad —dijo Antonio.
—Le gustaba dar clases —dijo mi viejo.
—Estuvo bien hasta cierto punto. Como cualquier trabajo, supongo.
Mi viejo sonriĂł y dijo:
—Seguro.
El abuelo volviĂł a su lugar en la otra punta de la mesa y se puso a comer ensalada de papas directamente de la ensaladera. Mi abuelo era capaz de comer durante horas; mientras hubiera comida en la mesa, mi abuelo comerĂa.
—Capaz una puntita —dijo Antonio, señalando el pedazo de carne que mi viejo acababa de traer.
—Por favor, lo que quiera —dijo mamá y mi viejo le alcanzó sus propios cubiertos.
Pero antes de que Antonio pudiera servirse, mi abuelo le hablĂł.
—¿Y su familia? —soltó sin levantar la vista de la ensalada—. ¿Qué nos cuenta de su familia, Antonio?
Antonio lo miró y después retiró las manos de la mesa.
—Usted sabe —agregó el abuelo—. Una mujer, hijos. Algo de eso.
Hubo un silencio que dejó pasar los primeros petardos. Eran tantos que reventaban cada vez más cerca. Uno de ellos pareció explotar en la copa de nuestro árbol.
—Juancito es el matemático de la familia, ¿no, Juani? —dijo mi abuela—. Este año sacó dieces en todas las evaluaciones.
Yo me quedĂ© duro; nunca habĂa pensado ni remotamente en algo como eso: el matemático de la familia.
—¿De verdad? —preguntó Antonio.
Yo querĂa ser bañero. El año anterior habĂamos viajado al mar por primera vez y me parecĂa que ser bañero era la mejor manera de no separarme demasiado de la orilla. Piscinas climatizadas en invierno y mar en verano: yo habĂa pensado en todo. Una vida celeste.
—Sà —dije por toda respuesta, aunque no sabĂa con claridad a quĂ© cosa estaba respondiendo.
—Yo querĂa ser corredor de motos cuando tenĂa tu edad —dijo Antonio.
—¿Motos? —le pregunté.
—Motos —confirmĂł Antonio—. Me gustaba la bici como ninguna otra cosa en el mundo. ÂżY quĂ© habĂa en el mundo más parecido?
—Una moto —dijo Leo.
—Exacto. Una moto es como una bici adulta.
Todos sonreĂmos pero Leo lo pensĂł por un segundo.
—¿Y cuando se hace vieja? —preguntó.
—Eso es un auto —dijo Antonio.
Mi hermano lanzĂł una carcajada y mi viejo tambiĂ©n se riĂł. Leo y yo no tenĂamos tĂos pero habĂa que admitir que Antonio se le parecĂa bastante.
—Asà que le gustaban los cálculos —interrumpió mi abuelo, como si le hablara a la ensalada.
Hubo que hacer un esfuerzo por volver a ese punto de la conversación. A la abuela se le cayó un poco la sonrisa. Leo miró al abuelo y pestañeó.
—Era el nombre de la materia —aclaró Antonio—. Cálculo uno.
—Cálculo uno —repitió mi abuelo.
Antonio respirĂł dos veces antes de volver a hablar.
—Sà —dijo Antonio—. Más bien me gustaban los números.
No se entendĂa adĂłnde querĂa llegar mi abuelo. Entonces, con voz ensayada, lo soltĂł:
—Porque no parece que usted tuviera todo calculado.
—Enrique —dijo mi abuela.
—Enrique qué —dijo el abuelo.
Afuera se escucharon unas metrallas y un silbido al arquearse por encima del barrio. Era la guerra.
—Para qué —empezó a decir mi abuela, con toda razón.
—Bueno, también nos puede contar esa parte, ¿no? —exclamó el abuelo—. ¿Qué pasó con el trabajo de la universidad, Antonio? ¿Dónde está su familia esta noche?
Antonio bajó la mirada hasta los botones de su camisa, todos de distintos colores y tamaños.
—No tiene que contestar, Antonio —dijo mi viejo.
Entonces mi abuelo levantĂł la voz:
—¿Cómo que no tiene que contestar? Le estoy hablando. Asà que cuando yo le hablo, el señor no tiene necesidad de contestar.
—Mejor me voy —dijo Antonio—. Muchas gracias por todo.
—Por favor —dijo mi viejo, poniendo la mano sobre el antebrazo de su invitado—Coma algo. Quédese a brindar.
—Claro. Quédese, Antonio —dijo mi abuelo—. Cualquiera puede pasarla acá esta noche. No hay que hacer ningún mérito para sentarse en esta mesa.
Mi viejo cruzĂł los cubiertos sobre el plato y se inclinĂł hacia adelante. Pero mi abuelo ya atacaba otra vez la ensaladera.
—Juani, andá a apagar las brazas —ordenó mamá—. Leo, ayudalo a tu hermano.
Camino al patio volvĂ a sentir esa gran compasiĂłn por mi viejo. Él era un hombre joven, con la fuerza de cien chicos como yo, pero toda la vida, cuando se tratĂł del abuelo, perdĂa claridad, perdĂa la fe en sĂ mismo.
—¿Por quĂ© esperamos? —me preguntĂł Leo, una vez que yo habĂa apagado las brazas de la parrilla con el agua vieja de un florero.
—Porque hay que esperar —dije por toda explicaciĂłn. Yo me daba aires en esa Ă©poca de entender los problemas de los adultos y pensĂ© que eso era justamente lo que ellos querĂan.
Leo se puso a quemar fĂłsforos arriba del asador; mi hermano amaba los fĂłsforos o, en todo caso, amaba el fuego en todas sus formas. En general no se lo permitĂa, pero esta vez, la noche de navidad, yo no le iba a decir nada. El primer fĂłsforo se consumiĂł con un chispazo. El segundo se retorciĂł de a poco hasta formar un signo de pregunta y llegĂł hasta los dedos de mi hermano. Eso lo hizo sonreĂr.
—Vamos —dije yo.
—Gracias, Juani —dijo mamá a la vuelta. La abuela me sonriĂł y volviĂł a bajar la vista: nada se habĂa arreglado.
—¿No hay más ensalada? —preguntĂł mi abuelo con la boca llena todavĂa.
—No, Enrique —dijo mamá—. Eso era lo último.
—Pasame la carne, entonces.
—No —ordenó mi viejo y cruzó la mano sobre la bandeja—. Ya comió suficiente.
Esta vez el abuelo clavĂł la vista en su hijo.
—Cómo —dijo el abuelo.
—Oscar —dijo mamá.
Mi viejo no la miró: él y mi abuelo estaban por definir cuál era la verdadera punta de la mesa.
—Son las doce, Oscar —dijo mamá.
Afuera se escuchaba con claridad el estruendo de las bombas seguidas de las alarmas de auto. Cada tanto el aullido de un coche bomba cruzaba la noche, un ruido que no era parte del festejo precisamente, y que seguro dejaba a su paso caras de inquietud de un segundo de duraciĂłn.
Mi hermano estaba armado con una nueva caja de fĂłsforos, esta vez con fĂłsforos explosivos. Mi abuela se tapaba las orejas y sonreĂa. Un farol chino pasĂł por encima de las casas de enfrente y Antonio lo siguiĂł con la vista. Su cara se iluminaba y volvĂa a oscurecerse y me pareciĂł que era exactamente el tipo de gesto que le cabĂa, como si viviera abajo de un puente y cada noche viera pasar los camiones por delante de la luna.
—¡Ferro! —gritó Fanlo, el vecino de enfrente—. ¡Feliz navidad!
Mi viejo levantĂł la mano pero Fanlo ya no lo miraba. HabĂa encendido la mecha de un tres tiros que saliĂł disparado al aire y alumbrĂł las hojas de los fresnos. El hijo adolescente de Fanlo aplaudiĂł y su madre mirĂł en nuestra direcciĂłn con una sonrisa escalofriante, de esas que ponen las mujeres que no sonrĂen demasiado.
—Ya van a ver —dijo mi abuelo y se metió en la casa.
Volvió con paso firme, cargando dos cañitas voladoras que le llegaban a la cintura y terminaban en un cohete de plástico. Leo miró al abuelo con admiración y respeto, y cortó con los fósforos para dar paso a la atracción principal.
Mi abuelo puso una botella de vino en el medio de la calle, bajo un claro entre los árboles. Los Fanlo quedaron expectantes y un poco intimidados, pero ya era demasiado tarde para desentenderse.
Mi abuelo le dio fuego a la primera cañita pero la mecha se consumiĂł por completo sin que el cohete se moviera de la botella. Esperamos unos segundos más pero la cañita estaba muerta: habĂa empezado a encorvarse.
—Hija de puta —dijo mi abuelo, que volvió a acercarse a la botella.
—Cuidado —le advirtió mi viejo desde la vereda—. No pongas la cara arriba.
Mi abuelo cambió la cañita y acercó el encendedor. Esta vez la mecha soltó un chispazo al acercarse a la punta. Pero justo cuando estaba despegando, la botella se fue al piso y la segunda cañita salió disparada hacia la calle, en contramano.
—¡Uh! —exclamó mi hermano.
Mi viejo arrugĂł los ojos esperando que nadie doblara la esquina.
—No puede ser —dijo el abuelo sin fuerzas, mirando la esquina y, más lejos todavĂa, hacia el resto de la ciudad que ahora empezaba a quedar en silencio.
—No pasa nada —dijo mi viejo, tratando de consolar a mi abuelo.
—SĂ, pasa —dijo mi abuelo de un modo muy pausado, aceptando la derrota.
Estábamos sentados a la mesa otra vez, todos de vuelta en nuestros puestos. Ahora mi abuela cambiaba la bandeja de carne por la ensalada de frutas que ella misma habĂa preparado, con una abrumadora mayorĂa de latas de conserva. Una ensalada de frutas completamente amarilla.
—El postre —dijo la abuela con un cantito.
Mamá trajo el champagne y se lo estiró a mi abuelo que con eso pareció volver un poco a la realidad.
—La base de una botella de vino es demasiado liviana para aguantar una cañita como esa —explicó mi abuelo—. Con una botella de champagne hubiera funcionado.
Mi abuelo abriĂł la botella sin hacer saltar el corcho, lo que decepcionĂł un poco a todos.
—Pero en lugar de brindar, nos entretuvimos con este tipo —agregó.
—Papá —dijo mi viejo.
Mi abuelo mirĂł el espacio entre sus pies, abajo de la mesa, y asintiĂł. DespuĂ©s estirĂł el champagne en direcciĂłn a mamá y ella se encargĂł de servir en las copas de los grandes. Yo servĂ jugo para Leo y para mĂ.
Apretando el vaso contra su pecho, mi hermano apoyĂł la mano libre en el hombro de mi abuelo. No eran de hablar mucho entre ellos pero en ese momento Leo le dijo:
—Esa cañita fue lo mejor.
Mi abuelo levantĂł la cabeza y lo mirĂł.
—¿Te parece? —preguntĂł, y parecĂa que de verdad le interesaba saber si mi hermano hablaba en serio.
—Lo mejor —repitiĂł Leo, que en esa Ă©poca dividĂa el mundo entero entre “lo mejor” y “lo peor”.
Mi viejo se puso de pie con su copa en la mano.
—¿Por qué brindamos?
Todos nos levantamos después de él.
—Por la familia —dijo mi abuelo, y revolvió el pelo de mi hermano.
Chocamos las copas. Hasta Antonio sonreĂa. TenĂa más dientes de lo que yo pensaba.
—A los regalos —dijo mi viejo.
Mamá se encargĂł de apagar una por una las luces de la casa a excepciĂłn de las luces del arbolito, una vieja costumbre que ella tenĂa de chica y que ahora era nuestra. Si alguien pasaba por afuera y nos veĂa a travĂ©s del vidrio esmerilado de la puerta, hubiera visto unas sombras reunidas junto a un fuego chico pero poderoso.
Mamá se arrodilló junto al arbolito: ella era joven y elástica en esa época, y era capaz de arrodillarse contra el piso más duro sin ninguna queja al respecto. Puso los regalos contra las luces del arbolito para leer las etiquetas y anunció uno por uno los nombres de todos nosotros.
Yo recibĂ una navaja suiza de doce usos y mi hermano una pistola de balines. Mi viejo le regalĂł a mamá un perfume de frasco rojo, y ella a Ă©l un par de sandalias. Se abrazaron. Mi abuela se cambiĂł los aros que llevaba por los que habĂa recibido, de cristal de roca azul y verde, y mi abuelo sonriĂł al descubrir un sombrero de paja en su paquete. Era una clara señal de que le quedaba poco pelo y deberĂa cuidarse del sol este verano, pero parecĂa contento. El abuelo se puso el sombrero y sonriĂł.
—Disculpe, Antonio —dijo mi viejo—. No tenemos regalos para usted. No esperábamos la visita.
Todos lo miramos y mamá, que todavĂa estaba entre los brazos de mi viejo, puso su mano sobre el codo de Antonio en señal de apoyo.
—Faltaba más —dijo él.
Mamá retiró su mano y volvió a ser toda de mi viejo.
—Igual —dijo Antonio—, podrĂan hacerme un regalo.
Por primera vez mi viejo lo mirĂł con extrañeza y mi abuelo volviĂł a su gesto de desconfianza, un gesto que decĂa al mismo tiempo: “ahora este croto va a mostrar su verdadera cara” y, tambiĂ©n, “yo se los dije”.
—Quisiera dar una vuelta por la planta alta —dijo Antonio.
Mi hermano y yo miramos a mi viejo.
—Yo vivĂa en esta casa —agregĂł Antonio.
Mi vieja se adelantĂł con el encendedor, sin prender las luces de la escalera: al fin y al cabo este era el regalo de Antonio y, por lo que duraba la ceremonia, ninguna otra luz debĂa quedar prendida aparte de las luces del arbolito. Una vez arriba, mamá encendiĂł la luz del baño y soltĂł el botĂłn del encendedor. Nunca habĂamos sido tantos en el primer piso.
De pasada, Antonio dijo: “este mueble es nuevo”, señalando el toallero que mi viejo habĂa construido con madera de pino y que colgaba junto al lavatorio. Con el paso siguiente, Antonio entrĂł en la habitaciĂłn de mi hermano y prendiĂł la luz sin mirar la perilla.
—Igual —dijo Antonio—. La cama de mi hija también estaba de este lado, enfrente de la ventana.
Se acercĂł al extremo de la habitaciĂłn, sobre la cabecera de la cama, y mirĂł de cerca la pared, inspeccionando las imperfecciones.
—Acá habĂa un cuadro ovalado. Como una cara —dijo Antonio, poniendo el dedo Ăndice sobre una picadura—. Era el dibujo de un chico tirado abajo de un poste, con un yuyo seco en la boca y la gorra sobre los ojos. Mi hija decĂa que estaba esperando una carta.
Antonio hablaba con un tono muy bajo, como si se lo estuviera contando a sà mismo y, a modo de respuesta, una voz interior le dijera “ahora me acuerdo”. Después dio dos pasos hacia un costado y encontró una nueva picadura.
—Acá habĂa un cuadro de mamá —dijo Antonio apoyando el dedo—. Una foto de la abuela de mi hija.
Nos abrimos para darle paso. Antonio apagó la luz de la pieza de Leo y, después de cruzar el distribuidor, prendió la luz de mi habitación.
—Este era mi estudio —dijo.
Antonio se detuvo en el centro exacto, entre mi cama y una pequeña biblioteca de caña y vidrio, y nos miró:
—Este es el lugar que recibe mejor luz en toda la pieza —dijo—. Acá estaba mi escritorio.
Era cierto. Mi hermano y yo tenĂamos un perro (el Coco, muerto de moquillo) que pasaba las tardes de invierno exactamente en ese punto.
—Está desaprovechado —dijo Antonio al apagar la luz, y yo pensĂ© otra vez en el Coco, en el dĂa en que el veterinario nos dijo que tenĂa fiebre.
Entonces Antonio volviĂł a pedirnos paso. PrendiĂł la luz desde afuera de la habitaciĂłn de mis padres y, despuĂ©s de mirar en silencio hacia el interior durante un segundo, tomĂł aire y se descalzĂł. MirĂł por la ventana que daba a la calle y revisĂł el placar donde guardábamos las bolsas con ropa de la estaciĂłn contraria. DespuĂ©s, sentado al borde del colchĂłn, abriĂł la cama del lado de mamá con un movimiento muy delicado y pasĂł la mano suavemente por la sábana y sobre la almohada, como si estuviera junto a alguien que habĂa dormido lo suficiente y ahora Ă©l llegara a acariciarla, aunque no para que despertara sino para que siguiera durmiendo.
—Apaguen la luz, por favor —dijo Antonio en voz baja y sin volverse.
Mamá puso la mano sobre la perilla y, por más que no existiera un modo delicado de apagar la luz, lo hizo suavemente.
Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad y por fin pudimos verlo, Antonio apareciĂł acostado del lado de papá. TenĂa el pecho cuarteado por la luz de la calle que se filtraba entre las hojas y llevaba los brazos estirados a cada lado del cuerpo. Eso era todo. El Ăşnico movimiento en la habitaciĂłn venĂa desde afuera, el de un viento leve que movĂa la sombra de las hojas y las hacĂa temblar sobre el cuello del croto.
—¿Seguro que no necesitás una mano? —preguntó mi abuelo.
Estábamos parados junto a la puerta de calle, hablando un poco más bajo que lo habitual.
—Vayan tranquilos —dijo mi viejo a sus padres—. Nosotros nos arreglamos.
Ya habĂan sido suficientes sobresaltos para mi abuela. Si se lo pensaba desde su ritmo diario, era como vivir una semana en una noche.
—Bueno, hablamos mañana o pasado —dijo mi abuelo; una propuesta para nada frecuente.
—Seguro —dijo mi viejo sin levantar la voz, y lo palmeó en la espalda.
Con mamá y mi viejo levantamos la mesa sin decir una palabra. Para nuestra sorpresa, Leo habĂa empezado a ayudar pero abandonĂł la tarea al final del primer viaje, cuando juntĂł dos sillas y se acostĂł a dormir. Desde afuera apenas si llegaba todavĂa la explosiĂłn de un Ăşltimo petardo o el grito de alguien que confundĂa la navidad con el dĂa del juicio. Pero despuĂ©s de lo ocurrido esa noche, todos los ruidos exteriores se asimilaban sin sobresaltos al silencio de la casa.
—Voy a llevar a Leo a la cama —dijo mamá en la cocina.
—Te acompaño —dijo mi viejo.
—No pasa nada.
—Está bien —dijo mi viejo.
—Vos subĂs despuĂ©s con Juan.
Mi viejo la abrazó y estuvieron asà durante un rato, entre las botellas a medio tomar y los platos sucios. Después él dijo:
—Que descanses.
Un segundo más tarde se escuchaban, justo arriba nuestro, los pasos lentos en la escalera: mi hermano todavĂa subĂa los escalones de uno en uno.
Mi viejo enjuagĂł dos vasos y los llevĂł a la mesa junto con una botella abierta de vino. Nos sentamos. La mesa estaba completamente pelada, salvo por la botella y los vasos, y mi viejo ya miraba para otro lado, perdido otra vez en sus pensamientos. ÂżQuĂ© significaba todo esto? ÂżQue, además de hacer asados, era el momento de empezar a beber? El vaso que no era suyo estaba vacĂo. Una vez, en el cumpleaños de un compañero, donde los adultos, como los chicos, toman en vasos de plástico, yo habĂa probado vino blanco pensando que era jugo. Casi me largo a llorar.
Estaba decidido: iba a servirme nada más que un trago, para empezar desde el principio, cuando otra vez se escucharon pasos en la escalera. Un segundo despuĂ©s aparecĂa Antonio en los Ăşltimos escalones, a un costado del arbolito. Se sentĂł enfrente de mi viejo, justo donde colgaba su chaleco naranja. TenĂa la cara distinta pero no de dormir. Tampoco de llorar, por ejemplo.
—Gracias —dijo después de un rato.
Por toda respuesta mi viejo sirviĂł vino en el vaso vacĂo y Antonio bebiĂł.
—¿Quiere un cigarrillo? —preguntó mi viejo.
Antonio recibiĂł el cigarrillo pero lo dejĂł sobre la mesa.
—Nunca fumé —dijo.
—No se preocupe —dijo mi viejo prendiendo el suyo. Y después de soltar la primera bocanada, agregó:
—Es fácil.
Esa noche de navidad, Antonio fumĂł su primer cigarrillo ante la mirada de mi viejo y la mĂa. Mi viejo lo acompañó con un gesto amable, sin estridencias, y el croto, despuĂ©s de haber recibido su regalo, parecĂa estar haciendo justo lo que necesitaba. Al cabo de la primera pitada contuvo un acceso de tos pero al final del cigarrillo fumaba como un experto. Hasta entonces yo habĂa pensado que un fumador debĂa practicar toda su vida para hacerlo de esa manera pero ahora pensĂ© que era exactamente al revĂ©s, que era la vida la que te preparaba para alcanzar la perfecciĂłn.
—Bueno —dijo Antonio al final, y se levantĂł. El Ăşltimo bollo de humo estaba desapareciendo todavĂa en el cenicero.
—Para el camino —dijo mi viejo, y le alcanzó el resto de su atado junto con el encendedor.
Ya en la puerta, Antonio le estirĂł la mano derecha, donde no llevaba el chaleco, y mi viejo la apretĂł en el aire, justo a la altura de mi frente.
—Puede volver cuando quiera —dijo mi viejo.
Antonio asintiĂł y cruzĂł la calle.
Eso fue todo. El croto habĂa desaparecido de nuestras vidas y antes de que yo tuviera la oportunidad de enterarme, mi viejo habĂa apagado la luz y habĂa subido a la habitaciĂłn. QuedĂ© inmĂłvil durante un segundo, a la luz del arbolito, y despuĂ©s mirĂ© a travĂ©s del vidrio de la puerta.
Antonio estaba al otro lado de la calle, donde yo lo habĂa visto por primera vez, y, lo mismo que esa primera vez, miraba la casa. Ya no hablaba solo, como si hubiera dicho todo lo que tenĂa para decir por esta noche. O como si hubiera descubierto una nueva manera de quedarse perfectamente callado: el croto, en la vereda de enfrente, habĂa prendido el segundo cigarrillo de su vida.
—Juan —sentà que me llamaban desde arriba, con esa voz que se usa para no hacer ruido y que suena como un martillo envuelto por un trapo.
—A dormir —ordenó mamá.
Antes de subir, fui hasta la cocina como todas las noches y me servà un vaso de agua para llevar a la cama. De vuelta, junté con el pie los envoltorios de los regalos y los arrastré hasta abajo del arbolito.
Entonces volvĂ a mirar la vereda de enfrente. Antonio ya no estaba pero en su lugar habĂa una pila de humo del largo de una persona cualquiera. Yo era algo mayor entonces pero lo cierto era que todavĂa me impresionaba con facilidad y, ante la pila de humo, pensĂ© en un fantasma. De todos modos, debo decir en mi defensa que no me imaginĂ© un fantasma tan aterrador como los que aparecĂan en la tele. Más bien pensĂ© en un fantasma como otros, de una altura promedio, un fantasma comĂşn y corriente.
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