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Cont谩melo de nuevo / Los seis cisnes

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Hall谩ndose un Rey de cacer铆a en un gran bosque, sali贸 en persecuci贸n de una pieza con tal ardor que ninguno de sus acompa帽antes pudo seguirlo. Al anochecer detuvo su caballo y dirigiendo una mirada a su alrededor, se dio cuenta de que se hab铆a extraviado y aunque trat贸 de buscar una salida no logr贸 encontrar ninguna. Vio entonces a una vieja, que se le acercaba temblequeando. Era una bruja. - Buena mujer -le dijo el Rey-, ¿no podr铆as indicarme un camino para salir del bosque? - Oh, si, mi se帽or Rey -respondi贸 la vieja-. S铆 puedo, pero con una condici贸n. Si no la acept谩is, jam谩s saldr茅is de esta selva. Y morir茅is de hambre. -¿Y qu茅 condici贸n es 茅sa? -pregunt贸 el Rey. - Tengo una hija -declar贸 la vieja-, hermosa como no encontrar铆ais otra igual en el mundo entero, y muy digna de ser vuestra esposa. Si os compromet茅is a hacerla vuestra reina, os mostrar茅 el camino para salir del bosque.  El Rey, aunque angustiado, acept贸 el trato, y la vieja lo condujo a su casita, donde su ...

Remisi贸n de Emilia Vidal

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A los 37 d铆as del solsticio de verano, el se帽or Othag, cansado de la postraci贸n comenz贸 a contar los pelos de su cuerpo. Inici贸 la enumeraci贸n a partir de los dedos del pie, 1, 2, 3. Su vista era perfecta. Las pantorrillas, 1.357. Pudo sentir a cada tramo que el dolor remit铆a y, junto a la sensaci贸n, su cuerpo tambi茅n desaparec铆a. Los muslos, 17.213. A medida que avanzaba, Othag observ贸 c贸mo sus miembros se desvanec铆an progresivamente quit谩ndole la carga del error cong茅nito, esto lo motiv贸 a continuar la tarea. Cont贸 cada pelo de sus manos y brazos, y 茅stos dejaron de doler. Pod铆a ver las s谩banas arrugadas que estaban debajo de las partes de su cuerpo desaparecido. Pasando los 3 millones de pelos, su campo de visi贸n result贸 insuficiente, faltaban la nuca, las orejas, la coronilla. Cerr贸 los ojos y reanud贸 la cuenta, imaginando al detalle cada uno de sus posibles cabellos, 5.321.107 fue su 煤ltimo pensamiento.

Por las azoteas / Julio Ram贸n Ribeyro

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Julio Ram贸n Ribeyro A los diez a帽os yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pac铆ficamente mi reino de objetos destruidos. Las azoteas eran los recintos a茅reos donde las personas mayores enviaban las cosas que no serv铆an para nada: se encontraban all铆 sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carb贸n, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso p贸stumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Pod铆a ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdi贸 su paja. Nada me estaba vedado: pod铆a construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presid铆a la ejecuci贸n capital de los maniqu铆es. Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui e...

Nanas para otros bichos de Liliana Moyano

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Nanas para otros bichos Liliana Moyano Ilustrador: Jorge Cuello Ed. Comunicarte ¿Alguien lo vio dormir? Qui茅n sabe si duerme el piojo Tan inquieto como es. ¿Dormir谩 mientras camina? ¿O ser谩 al rev茅s? Ta la langos La langos, la langos Ta,   ta. La langos Ta. La langosta est谩 saltando Por el pasto. Es una langosta verde Con un poquito de rojo. La langos    ta. La langos         ta. Es un hada verde y roja. Salta y salta la langosta Por el pasto a toda costa. Bajo  el sol que le dibuja  Una corona. La langos                   ta. La langos    ta. Reina de las amapolas. Y de repente, mientras salta, mientras juega a ser hada, a ser reina, viene el sue帽o, ¡mucho sue帽o! Y se duerme  sobre el pasto en el campo de amapolas. La langosta. ¡Ey buey! ¡Ey buey! ¿Y esos cuernazos de rey? ¡Ey buey! ¿...