El hambre de los muertos // Alberto Laiseca
La negra tomasa, todas las noches, acostumbraba contarle cuentos espantosos al niño de la casa. El chico se llamaba Virgilito. Era una relación rara la de la negra con Virgilio, porque el pibe se moría de miedo con los cuentos que le contaba la mujer pero al mismo tiempo le gustaban. —¿Virgilio… te parece que esta noche… te parece que… esta noche también te cuente un cuento? —Sí, contame. —¿Pero estás seguro? Mirá que este cuento es bastante espantoso, ¿eh? —No importa. Contameló. Me gustan. —Bueno… si vos mismo lo pedís… ta’ bien. Yo te lo cuento. Después no te quejes, ¿eh? No te vas a quejar después. “Allá en el viejo San Telmo, cerca del Bajo, había una casa en esquina, formando ochava. Creo que todavía existe esa casita. Estaba habitada por negros. Como era un lugar muy chiquito los negros estaban apilados uno arriba del otro. Y un día de esos vino la fiebre amarilla y los mató a todos. Así que la casa quedó llena de espíritus. Se sentían ruidos raros ahí. La gente no se anima...