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Marguerite Duras // El tren a Burdeos

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  El tren  a Burdeos Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis her...

Felicidad // Katherine Mansfield

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        A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír… simplemente por nada. ¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo? ¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius? “No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir-pensó mientras subía corrie...

Clarice Lispector / Fragmentos "Revelaciones de un mundo"

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 30 de noviembre Si yo fuera yo     Cuando no sé dónde guardé un papel importante y la búsqueda se  revela inútil, me pregunto: ¿si yo fuera yo y tuviera un papel importante  para guardar, qué lugar elegiría? A veces resulta. Pero muchas veces me  quedo tan presionada por la frase “si yo fuera yo”, que la búsqueda del  papel se vuelve secundaria, y empiezo a pensar.  Mejor dicho, a sentir.      Y no me siento bien. Pruebe: si usted fuera usted, ¿qué haría? De  inmediato uno se siente intimidado: la mentira en que nos acomodamos  resultó ligeramente corrida del lugar donde se había acomodado. Sin  embargo, ya leí biografías de personas que de repente pasaban a ser ellas  mismas, y cambiaban por completo de vida.    Creo que si yo fuera realmente  yo, los amigos no me saludarían en la calle porque incluso mi fisonomía  estaría cambiada. ¿Cómo? No sé.      La mitad de las cosas que...

Colaboración de las cosas/ cuento de Macedonio Fernández

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  Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes. Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera restituirla a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera, la sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agr...

Cumple de mamá, 1991 / Alejandra Zina

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Lo de siempre. Eso pensaste. Lo de siempre. La Negra y José eran tus mejores amigos. Los únicos que dejabas entrar a la casa. No era la primera vez que tu mamá los invitaba a su cumpleaños. Ya habían venido antes. A ellos no les molestaba. A la que le molestaba era a vos. ¿Por qué tenía que invitar a tus amigos? ¿Por qué no se hacía amigos de su edad? Si hubiera otros invitados, todavía. El problema era que ellos iban a ser los únicos. ¿Y su pareja? Después de tu papá salió con un hombre. Se llamaba León. Era un buen tipo, al que quisieron de verdad. Nunca supieron lo que pasó entre ellos, pero un día las visitas y los llamados terminaron. Antes de que desapareciera de sus vidas, León le escribió una carta a cada una. Sus palabras eran tiernas y estaban llenas de buenos deseos para el futuro. Esa fue su forma de despedirse. Así que no. Pareja no tenía. ¿Y su familia? Tu abuela vivía enLa Cumbrecitay con tus tíos había dejado de hablarse hacía tanto tiempo que ninguna recordaba cuándo f...