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Marguerite Duras // El tren a Burdeos

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  El tren  a Burdeos Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis her...

El hambre de los muertos // Alberto Laiseca

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La negra tomasa, todas las noches, acostumbraba contarle cuentos espantosos al niño de la casa. El chico se llamaba Virgilito. Era una relación rara la de la negra con Virgilio, porque el pibe se moría de miedo con los cuentos que le contaba la mujer pero al mismo tiempo le gustaban.  —¿Virgilio… te parece que esta noche… te parece que… esta noche también te cuente un cuento? —Sí, contame. —¿Pero estás seguro? Mirá que este cuento es bastante espantoso, ¿eh? —No importa. Contameló. Me gustan. —Bueno… si vos mismo lo pedís… ta’ bien. Yo te lo cuento. Después no te quejes, ¿eh? No te vas a quejar después. “Allá en el viejo San Telmo, cerca del Bajo, había una casa en esquina, formando ochava. Creo que todavía existe esa casita. Estaba habitada por negros. Como era un lugar muy chiquito los negros estaban apilados uno arriba del otro. Y un día de esos vino la fiebre amarilla y los mató a todos. Así que la casa quedó llena de espíritus. Se sentían ruidos raros ahí. La gente no se anima...

Felicidad // Katherine Mansfield

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        A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír… simplemente por nada. ¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo? ¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius? “No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir-pensó mientras subía corrie...

Daniela Camozzi / Poemas

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Ilustración de  Heo Jiseon   Cuando desafío al agresor logro que se calle y el corazón bombea rápido. No reconozco mi voz en ese rugido. Su verdad-pensamiento suena en mi cabeza con un repiqueteo que me embriaga. El agresor responde de un modo que no esperaba: recula, pide disculpas. No voy a aceptarlas. He terminado con la impostura de mi civilidad.                             ******** Saben y mienten  dice que no sabe que ellos no fueron situación dice cuando debería decir represión pero en su tono en su modo en los ojos opacos ahí en lo que no dice se le escapa la verdad . sabe y calla como antes sabían y callaron decimos  aparición  porque no puede ser lo otro en nuestras bocas no tiene nombre . nosotros decimos con vida ellos dijeron los vamos a cazar a todos allá hacia el río tirale al negro gritaron . a las mujeres nos dicen que nos tomemos nuestra propia sangre indias sucias nos gritan...