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Remisión de Emilia Vidal

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A los 37 días del solsticio de verano, el señor Othag, cansado de la postración comenzó a contar los pelos de su cuerpo. Inició la enumeración a partir de los dedos del pie, 1, 2, 3. Su vista era perfecta. Las pantorrillas, 1.357. Pudo sentir a cada tramo que el dolor remitía y, junto a la sensación, su cuerpo también desaparecía. Los muslos, 17.213. A medida que avanzaba, Othag observó cómo sus miembros se desvanecían progresivamente quitándole la carga del error congénito, esto lo motivó a continuar la tarea. Contó cada pelo de sus manos y brazos, y éstos dejaron de doler. Podía ver las sábanas arrugadas que estaban debajo de las partes de su cuerpo desaparecido. Pasando los 3 millones de pelos, su campo de visión resultó insuficiente, faltaban la nuca, las orejas, la coronilla. Cerró los ojos y reanudó la cuenta, imaginando al detalle cada uno de sus posibles cabellos, 5.321.107 fue su último pensamiento.

Por las azoteas / Julio Ramón Ribeyro

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Julio Ramón Ribeyro A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos. Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes. Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui e...

Parapentes / Guillermo Gribaudo

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Lorena me había dado a entender que necesitaba salir con las amigas, ya me hablaba como si yo fuera uno de sus pacientes. La verdad es que si no hubiera sido por Pía cortábamos mucho antes, pero como nos habíamos mudado a Lomas de Zamora para intentar en un lugar más tranquilo, no nos queríamos dejar así como así, por lo menos no sin intentarlo una vez más. Un sábado a la noche salió a cenar con las amigas y pensé en tomarme yo un tiempo, en hacer algo. El domingo desayuné solo, temprano, venía atrasado con un proyecto. Como no me podía concentrar hice una lista absurda, siempre me gustó hacer listas, de lo que no iba a aguantar más, entre las cotas de un boceto. Gente Que No Quiero Ver Más: este y este, esta otro tampoco, esta menos, casi todos los que me tenía que aguantar para no quedar como el ermitaño . Lorena se levantó a las once, desayunó unos mates y se puso a condimentar la carne y las verduras. Pía se vino conmigo al estudio, trajo sus juguetes y se instaló en el p...

Arena negra / Mariana Travacio

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Foto de Martín Rosenzveig Un desierto de arena negra, gruesa, oscura, una playa llena de pingüinos, o no tan llena, en realidad, quizás apenas llena de pingüinos, porque todavía no son tantos, la temporada apenas empieza y por ahora, estas costas, vistas un poco desde arriba, parecen un abandono de tierra. Vistas desde arriba, se ven tristes: una superficie irregular de arena negra con unos especímenes grises, como hombres adoloridos, hombres que caminan con dificultad, hombres viejos, gastados, trémulos, que caminan con los brazos acongojados, con los brazos anudados, mirando hacia el agua, como si se tratase de una puerta cerrada, un horizonte que es más de clausura que de estreno, un paisaje de despedida, o de ya sin regreso, unos ojos que se clavan en esa nada y miran añorantes, resignados, y a ratos se dan vuelta, y miran las rocas que los rodean, y se dan cuenta de que les toca eso, ese terruño, ese pedazo de arena negra, y que ahí se las van a tener que arreglar, porque es...

Mi tío de Lima, un relato corto de Hebe Uhart

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Foto: Tiempo Argentino –¿Con quién vives tú? –Con mi mamá, mi papá y mi abuelita –dije. –Ve a llamar a tu mamá, ¿quieres? Dile que vino José Mazzini de Lima. Observé que la fórmula peruana para pedir una cosa era diferente: él no quería decir si yo quería ir a llamar a mi mamá, era como si dijera: “Quiero que llames a tu mamá con tu consentimiento”, pero disentir era imposible. La voz era rica, plena, suave. No era una voz de argentino. Era como si brotara de algún lugar profundo dentro de él y como si vibrara un poquito en su cuerpo. –¡Vino José Mazzini de Lima! –Abrí la puerta del comedor –dijo mi mamá. Ella se acomodó el pelo y acomodó una silla. Estaba nerviosa: hacía 40 años había llegado el tío Pipotto de Lima justo el día en que se escaparon los chanchos. Ahora este tío y el comedor estaba desordenado, –¡Sacá esos trapos! ¡No servís para nada! Habitualmente esa observación me irritaba, pero esa vez no me afectó; venía un pariente de Lima y por eso mismo ...

Médanos / Matías Aldaz

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Matías Aldaz La pierna ortopédica de Juan estaba parada al lado de la cama: tenía una zapatilla negra y una media tres cuartos gris. Así como estaba, sobre la alfombra verde, parecía un edificio en el medio del campo.  Juan, acostado, la miraba de reojo. —¿No querés que también desarme la tuya? —le preguntó Laura sin levantar la vista. Juan agarró el control remoto que estaba en la mesita de luz y prendió el televisor. Dejó el canal en el que pasaban un partido de fútbol. —Es más cómodo —agregó Laura. —¿Qué es más cómodo? —Desarmar la valija. —Lo cómodo es no volver a armarla —dijo y subió el volumen del televisor.  —Bueno, te la desarmo yo. —Dejala así. Laura lo miró y dijo: —Pero va a estar todo arrugado cuando la quieras usar. —Dejala así y se terminó. Comenzó a sonar el teléfono. Juan se estiró con esfuerzo para atender pero Laura dio dos pasos rápidos y levantó el tubo. —¿Sí? Juan la miró, cerró los ojos y agachó la cabeza. Luego se a...