Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como escritora argentina

Cumple de mamá, 1991 / Alejandra Zina

Imagen
Lo de siempre. Eso pensaste. Lo de siempre. La Negra y José eran tus mejores amigos. Los únicos que dejabas entrar a la casa. No era la primera vez que tu mamá los invitaba a su cumpleaños. Ya habían venido antes. A ellos no les molestaba. A la que le molestaba era a vos. ¿Por qué tenía que invitar a tus amigos? ¿Por qué no se hacía amigos de su edad? Si hubiera otros invitados, todavía. El problema era que ellos iban a ser los únicos. ¿Y su pareja? Después de tu papá salió con un hombre. Se llamaba León. Era un buen tipo, al que quisieron de verdad. Nunca supieron lo que pasó entre ellos, pero un día las visitas y los llamados terminaron. Antes de que desapareciera de sus vidas, León le escribió una carta a cada una. Sus palabras eran tiernas y estaban llenas de buenos deseos para el futuro. Esa fue su forma de despedirse. Así que no. Pareja no tenía. ¿Y su familia? Tu abuela vivía enLa Cumbrecitay con tus tíos había dejado de hablarse hacía tanto tiempo que ninguna recordaba cuándo f...

Dos poemas de María Teresa Andruetto

Imagen
El incendio María Teresa Andruetto Ilustradora Gabriela Burin Ed. Libros-álbum del eclipse Érase una vez un teatro En una ciudad elegante. Érase una ciudad elegante, con un teatro distinguido y mujeres rimbombantes. Una ciudad distinguida de mujeres elegantes  Y en la ciudad, un teatro. Un teatro petulante entre barrios rimbombantes y mujeres atrevidas. Una ciudad atrevida con mujeres petulantes y  un teatro peculiar. En fin, un teatro rimbombante en una ciudad singular. Y en el teatro, un incendio espectacular. Érase un teatro espectacular, con mujeres rimbombantes y un incendio singular. Un incendio rimbombante con un payaso traficante en un teatro medular. Incendiado y tubular. Érase un incendio tubular en un teatro espeluznante con un payaso itinerante y secular. Un payaso principiante en un teatro rimbombante con mujeres de ultramar. El payaso principiante, anunció lo del incendio, Petul...

Remisión de Emilia Vidal

Imagen
A los 37 días del solsticio de verano, el señor Othag, cansado de la postración comenzó a contar los pelos de su cuerpo. Inició la enumeración a partir de los dedos del pie, 1, 2, 3. Su vista era perfecta. Las pantorrillas, 1.357. Pudo sentir a cada tramo que el dolor remitía y, junto a la sensación, su cuerpo también desaparecía. Los muslos, 17.213. A medida que avanzaba, Othag observó cómo sus miembros se desvanecían progresivamente quitándole la carga del error congénito, esto lo motivó a continuar la tarea. Contó cada pelo de sus manos y brazos, y éstos dejaron de doler. Podía ver las sábanas arrugadas que estaban debajo de las partes de su cuerpo desaparecido. Pasando los 3 millones de pelos, su campo de visión resultó insuficiente, faltaban la nuca, las orejas, la coronilla. Cerró los ojos y reanudó la cuenta, imaginando al detalle cada uno de sus posibles cabellos, 5.321.107 fue su último pensamiento.

Arena negra / Mariana Travacio

Imagen
Foto de Martín Rosenzveig Un desierto de arena negra, gruesa, oscura, una playa llena de pingüinos, o no tan llena, en realidad, quizás apenas llena de pingüinos, porque todavía no son tantos, la temporada apenas empieza y por ahora, estas costas, vistas un poco desde arriba, parecen un abandono de tierra. Vistas desde arriba, se ven tristes: una superficie irregular de arena negra con unos especímenes grises, como hombres adoloridos, hombres que caminan con dificultad, hombres viejos, gastados, trémulos, que caminan con los brazos acongojados, con los brazos anudados, mirando hacia el agua, como si se tratase de una puerta cerrada, un horizonte que es más de clausura que de estreno, un paisaje de despedida, o de ya sin regreso, unos ojos que se clavan en esa nada y miran añorantes, resignados, y a ratos se dan vuelta, y miran las rocas que los rodean, y se dan cuenta de que les toca eso, ese terruño, ese pedazo de arena negra, y que ahí se las van a tener que arreglar, porque es...

Modo humano de evitarlo, un cuento de Virginia Caresani

Tiene los ojos hinchados como ciruelas. La miro, estoy en la cabecera de la mesa. No sé si realmente me corresponda estar en este lugar, a veces me siento el último orejón del tarro. Ella está enfrente, con la nariz metida en el plato. Mientras la cabeza está baja, la veo sorber fideos como un zorzal, lombrices. Pero cuando se levanta, el color rojo de sus ojos negros se desparrama por la mesa como un atardecer. Leticia. Le pusimos así, porque significa felicidad. Imaginábamos que sería una santa, que vestiría de blanco o gris y pediría permiso para hablar.   -¿Qué?- dice cuando me sorprende mirándola. No hablamos desde que dejamos de ir a pescar, cuando su primer novio se sentó en la reposera y la rompió en pedazos. Se encerraron en la habitación de la cabaña y sólo pudimos escuchar gritos y golpes. Así que le di una patada a la puerta; arrastré a Lety a la lancha y la llevé a casa, a salvo. Entonces, llenó la valija rosada que le regalamos para Navidad con la esperanza ...

Poema de Virginia Caresani

Imagen
Poemas de Formas de ser el río (Peces de ciudad) Pájaros I En el borde de la cama un hombre llora despacio. Los espasmos sacuden los pliegues la cama se hace rama y el hombre, pájaro. El llanto se alarga la cama-rama se mece la nariz se estira y se hace pico. El hombre sigue llorando. Las lágrimas se acumulan una encima de otra  la cama se hace góndola el hombre pájaro se desliza  y su canto de gondolero se expande en el río de la habitación. IV ¿Por qué sigue viniendo el colibrí al rosal chino, si ya  no florece? ¿Tendrán esperanza los pájaros, verán lo que yo no  veo? Árboles I Hay un árbol sin nombre que crece en el corazón del parque. La piel del árbol es picante. crece hacia los cuatro puntos cardinales. De lejos parece un viejo que espera una visita; de cerca es una habitación con la estufa encendida Y las cortinas abiertas.  Una rama crece al oeste y va formando península...

Mi tío de Lima, un relato corto de Hebe Uhart

Imagen
Foto: Tiempo Argentino –¿Con quién vives tú? –Con mi mamá, mi papá y mi abuelita –dije. –Ve a llamar a tu mamá, ¿quieres? Dile que vino José Mazzini de Lima. Observé que la fórmula peruana para pedir una cosa era diferente: él no quería decir si yo quería ir a llamar a mi mamá, era como si dijera: “Quiero que llames a tu mamá con tu consentimiento”, pero disentir era imposible. La voz era rica, plena, suave. No era una voz de argentino. Era como si brotara de algún lugar profundo dentro de él y como si vibrara un poquito en su cuerpo. –¡Vino José Mazzini de Lima! –Abrí la puerta del comedor –dijo mi mamá. Ella se acomodó el pelo y acomodó una silla. Estaba nerviosa: hacía 40 años había llegado el tío Pipotto de Lima justo el día en que se escaparon los chanchos. Ahora este tío y el comedor estaba desordenado, –¡Sacá esos trapos! ¡No servís para nada! Habitualmente esa observación me irritaba, pero esa vez no me afectó; venía un pariente de Lima y por eso mismo ...